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Reina crimen

REINA DEL CRIMEN (Megan Abbott)
Por Guille

Siendo como soy un seguidor acérrimo del espectro literario que forman Jason Starr, Allan Guthrie y, sobre todo, el irlandés Ken Bruen (si ahora mismo tienen cara de póquer y se están preguntando por qué no conocen ni les suenan dichos autores la mejor solución sería correr a una librería y hacerse con algún título), cuando leí en la faja de Reina del Crimen de Megan Abbott los comentarios que los tres vertían acerca de esta novela no pude resistirme a lanzarme de cabeza a leerla. Si a eso se añadían comentarios tales como: “Debería conseguir que los devotos de Cain y Chandler caigan al suelo y pidan clemencia”, como comprenderán la lectura se volvía perentoria. Además, que una escritora como Abbott hubiese erigido una trama con una pareja de mujeres como protagonistas absolutos era un aliciente más para no oponerse. Lamentablemente ni las escritoras ni las mujeres protagonistas suelen prodigarse en este tipo de género y, con el contundente bagaje literario de Abbott y el hecho de que la novela recibiera en 2008 el premio Edgar a la mejor novela de misterio americana, todo indicaba que la cosa no defraudaría.

Y después de leer Reina del Crimen, puedo afirmar que en su conjunto no defrauda en absoluto. Si partimos de la salvedad de que el hard boiled podría considerarse una especie de subgénero muy arraigado en Norteamérica y bastante alejado de un público masivo, y por ende de cualquier etiqueta de best-seller, la novela sin duda hará las delicias de sus seguidores. No se trata de una novela policíaca comercial ni simplona como la mayoría que actualmente inunda los estantes de las librerías. No está ambientada en la época actual sino en los años 50 ni presenta giros espectaculares ni muertes por doquier a cualquier precio o en cualquier situación. Reina del Crimen se macera y se espesa con lentitud, ingenio y un fantástico estilo literario heredero del pulp y de aquellos magníficos autores de los años 40. En efecto, todo en la narración de Abbott resuena con altivez y audacia: desde el cinismo de Cain o la mordacidad de Chandler a la violencia expositiva del mejor Hammett, la novela bebe claramente del clasicismo primigenio de este subgénero. Lo hace soberbiamente en la ambientación y en las atmósferas: garitos diversos como casas de apuestas, casino e hipódromos donde las partidas de cartas, de dados, o la ruleta tienen la misma importancia que la suerte, el engaño, las buenas rachas y los chanchullos para ganar o perder un montón de pasta. Allí se dan cita perdedores, fulleros y fracasados al albur de jefazos y matones de la mafia que no dudan en aplicar la ley de la sangre en cuanto las cosas se ponen feas. Es en ese escenario de pecado, crimen y sangre donde despunta la figura de Gloria Denton, «una superviviente de la era dorada del crimen organizado, capaz de tratarse de igual a igual con los grandes señores del hampa, como Bugsy Siegel y Lucky Luciano, decide que ha llegado el momento de buscarse una sucesora. Astuta y despiadada, Gloria pondrá el mundo a los pies de su protegida… siempre y cuando esté dispuesta a pagar el precio». La sucesora, de la cual desconocemos la identidad porque es la encargada de llevarnos a lo largo de la narración, entra al servicio de Gloria, por la cual no solo siente admiración sino también una especie de atracción a todos los niveles: física, profesional y emocionalmente. «Nunca supe realmente qué fue lo que vio en mí. Parecías saber un par de cosas, me diría tiempo después. Y estar dispuesta a aprender muchas más». Es en esa primera parte de la novela cuando asistimos al reclutamiento de la sucesora de Gloria Denton, una pícara de poca monta a quien se le van asignando trabajos de mayor importancia y cuantía hasta que… Hasta que aparece en su vida un hombre, Vic Riordan. Ludópata compulsivo, fullero, bebedor, chulo…, un personaje que seducirá (y enredará) a la protagonista hasta imprevisibles consecuencias. Y podría decirse que hasta ahí puedo leer, porque después todo se precipita hacia un final digno del mejor noir clásico.

Es obvio que Megan Abbott no inventa nada nuevo. Es más, yo diría que su acierto principal reside en invertir la fórmula del triángulo formado por dos hombres en manos de una femme fatale creando la figura de un homme fatale, como es Vic Riordan, cuya aparición será clave para cambiar la relación de Gloria Denton y nuestra protagonista.

He leído que Reina del Crimen sería algo así como Eva al desnudo pasada por el tamiz de Jim Thompson. Sin duda es así. Una novela excepcionalmente escrita y recreada, destilada con elementos que hoy en día parecen antiguos y desfasados pero que, en las manos adecuadas, revierten en magnífica literatura. Tiros, muertos, traiciones y giros narrativos taxativos que enamorarán a los que ansíen volver a los orígenes para desintoxicarse de tanto inspector/a nórdico.

Antes de finalizar ahí les dejo un pasaje que da muestras evidentes de la clase de estilo de Megan Abbott y de lo perfectamente asumida que tiene la herencia de Chandler, Cain y el resto de los grandes autores del género noir. «El detective Clancy era justo lo que uno podría haber sospechado. Un escocés-irlandés de rostro colorado y manos rudas y rojizas permanentemente plantadas en las caderas. Un flequillo rebelde, como de escolar, colgado como una pelusa sobre la frente. Ojos maliciosos, pestañas largas y algo frío y astuto anidado entre ellas.

Me miró como si me conociera. Como si lo supiera todo sobre mí. Ya estaba acostumbrada. Los polis llegaban en distintos tamaños y con distintas cicatrices, pero por dentro todos tenían el mismo mecanismo. Siempre te miraban como si hubieras salido de una cadena de montaje para mujeres de mala vida, muñecas de plástico moldeado con el brillo desgastado por el roce de demasiados dedos, dedos de chicos duros. Según ellos, solo servías para dos cosas, para dar información o para dar un revolcón».

Valoración:  7

Megan Abbott (Detroit, 1971) es doctorada en Filología y Literatura Norteamericana por la Universidad de Nueva York. Es la autora de Die a Little (2005), The Song is You (2007), Bury Me Deep (2009) y Reina del Crimen (Es Pop Ediciones, 2010), obra galardonada en 2008 con el premio Edgar y el premio Barry a la mejor novela de misterio del año.

De un tiempo a esta parte ha abandonado parcialmente el género criminal de época para ahondar en el retrato psicológico contemporáneo mediante dos estremecedores estudios del lado oscuro de las adolescentes norteamericanas: The End of Everything (2011) y Dare Me (2012), dos exitosas y celebradas novelas que le han valido el acceso al público literario mayoritario.

Ha cosechado no sólo multitud de premios y elogios por parte de algunos de los grandes popes del género como James Ellroy, George Pelecanos, Allan Guthrie o Ken Bruen, sino también un aplauso unánime por parte de la crítica, que ha llegado a coronarla como “la nueva reina del noir“ y como la más digna heredera de James M. Cain y Raymond Chandler.

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