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La vida te matará (Rafa Calatayud)
Por Fercar

A ver si nos entendemos: pongamos por un lado a dos profesionales con un bate de béisbol, a un tipo con cara de funcionario, a una chica clavada a Brigitte Bardot, un autobús lleno hasta arriba de alcohol, a Caperucita Roja, a unos pobres parkinglleros, al Joe Pesci valenciano, el bar más infecto de España, a la Jessi bailando al ritmo de los sesenta y a un ruso tan sádico que no lo quieren ni en Rusia.

Añadamos a todo esto a un perro callejero recién salido de la cárcel, a un viejo alcohólico tuerto aficionado a los toros, a dos camareros frikis y violentos, a tres skaters vírgenes adolescentes, a Vlad y sus chicos, a una marquesa binguera, a un gato venido del infierno, unos diamantes que dan un buen dividendo y una difícil elección: ¿dedo o grapadora?

Ah, y por supuesto, esos malditos conejos.

Y ya verá cómo en menos de veinticuatro horas, del amanecer a la madrugada y de la tarde a la noche, todos ellos (y muchos más) se cruzarán y chocarán hacia delante y hacia atrás en la ciudad de Valencia, guiados por la avaricia, el deseo y la estupidez con destino a su incierto final…

Y es que, como dice la canción, la vida te encontrará donde quiera que estés.

Lo que no dice es que, encima, te matará.

 

A nada que uno agudice los sentidos, abriendo los ojos y desperezando los oídos, y tire de perspicacia, es fácil encontrar una cuantas buenas razones para acercarse a una novela como La vida te matará.

La primera es el título: ni muy corto ni muy largo, pero con gancho. Un título, en definitiva, sonoro, efectivo y sugerente.

La segunda, y en mi opinión a tener muy en cuenta, es que está editada por Alrevés, que como ya hemos comentado en más de una ocasión (aún a riesgo de parecer pesados) está conformando una muy interesante colección de novela negra, conjugando narradores experimentados con otros más noveles y contando ya en sus filas con autores nada desdeñables como Julián Ibáñez, Alexis Ravelo, Rafa Melero, Luís Gutiérrez Maluenda, Gonzalo Garrido, Susana Hernández, Carlos Bassas o María Clara Rueda entre otros.

La tercera razón, porque es una novela cortita, de apenas 180 páginas (ya se sabe, lo bueno si breve…) y eso te permite enfrentarte a una historia que se puede finiquitar en unos pocos asaltos y disfrutar, llegado el caso, casi del tirón.

Y la cuarta, la sinopsis, que como puede comprobarse es bastante singular y no se asemeja a las que nos tienen acostumbrados (al menos por lo que me dice la memoria) las editoriales. Una pequeña síntesis que además de no dejar indiferente a nadie, resulta tremendamente efectiva y consigue que le entren ganas a uno de zambullirse en la novela hasta el fondo sin pensárselo dos veces.

Yo lo hice porque me la regalaron.

La vida te matará cuenta con una estructura narrativa algo diferente: mientras que unos capítulos avanzan hacia delante, otros lo hacen en sentido inverso, de tal manera que el primer capítulo es el uno (vaya novedad), pero luego le sigue el catorce, el dos, el trece… y después viene el tres, el doce, el cuatro… y a este le sigue el once… y así sucesivamente; algo que si bien resulta novedoso, no dificulta en absoluto (lo contrario tampoco, para qué vamos a engañarnos) su lectura.

No estamos ante una novela de personajes, porque los que aquí aparecen no pretenden que los acompañemos a conocer sus vidas, sus sueños, sus miserias, sus anhelos, y no pretenden que disfrutemos con sus éxitos y nos angustiemos con sus fracasos. Nada de eso, aquí nadie nos va a enseñar a hacer pasteles, ni a jugar al mus, ni a no perecer en el intento de montar un mueble de Ikea.

Tampoco es una novela de quién lo hizo y por qué. En La vida te matará no vamos a acompañar a un curtido detective en sus pesquisas por los tugurios más peligrosos de la ciudad. Ni a una inspectora cuarentona, algo resabiada y miope pero experta en criminología y técnicas forenses. Ni tampoco a una periodista metomentodo que no duda en enfrentarse a sus superiores y a todo el que se le ponga delante con tal de desentrañar un misterio. No señor, no vamos a encontrarnos eso, ni nada que se le parezca.

Y conviene recordar que tampoco es una novela que pretenda hacer crítica social o presentarnos una historia apegada a la realidad: no al menos a esa realidad cotidiana con la que nos despertamos la mayoría de los mortales, para volvernos a acostar en sus compañía unas cuantas horas más tarde.

Lo que sí es La vida te matará es una novela gamberra y violenta, muy violenta: tal y como se refleja en la sinopsis arranca con un par de tipos, con no demasiadas buenas pulgas, acariciando con un bate de béisbol (todos conocemos los beneficios del deporte) a un pobre infeliz con cara de funcionario.

Es una novela de los fondos que se encuentran debajo de los bajos fondos. Una novela poblada por un elenco de personajes escapados de alguna institución para frikis con trastornos mentales, en la mayoría de los casos apenas bosquejados, pero que aún así consiguen tocarnos alguna fibra.

Una novela que no duda en tirar de estereotipos y abrazarse sin pudor a algún que otro cliché. Una novela salvaje y muy visual: parece que algunas escenas hayan contado con la colaboración inestimable de Tarantino y Robert Rodríguez después de haber sufrido ambos una exhaustiva inspección de hacienda. Y una novela de diálogos corrosivos y de un humor gamberro y disparatado.

Para gustos los colores, y si bien es verdad que esta no es una novela para todo el mundo, no me cabe ninguna duda de que seguro que tiene su público.

Así que si te apetece dejarte llevar por una despedida de soltero llena de alcohol, de putas y sin ninguna contención, al modo de Resacón en las Vegas. O pasearte en compañía de unos mafiosos rusos, grandes como castillos, pero con menos cerebro que una piedra. Y si tienes ganas de alternar, como quién no quiere la cosa, con los parroquianos de una taberna en la que no entraría ni Harry el Sucio y conocer de paso a un lindo gatito que hará que cambie para siempre el significado de la palabra mascota, entonces, esta es tu novela.

O tal vez no. ¿Quién sabe?


Rafael Calatayud Cano (Caracas, 1969) vive en Valencia desde los siete años y estudió Filología Hispánica. Es guionista de cine y televisión y ha trabajado en películas como En fuera de juego o The Other Shoe y en series de ficción como Singles o En l’aire.

En el 2003 ganó el Premio Ala Delta de Literatura Infantil con el libro En el mar de la imaginación (Editorial Edelvives), ilustrado por Roger Olmos.

La vida te matará es su primera novela negra.

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Las flores no sangran (Alexis Ravelo)
Por Fercar

Si alguien decidiera crear una lista de crímenes idiotas, un secuestro exprés en una isla solo figuraría después de un atraco a una comisaría o a un banco de semen, de ahí que constituya sin duda la fechoría más absurda del mundo. Y eso es precisamente lo que deciden llevar a cabo Lola, el Marqués, el Flipao y el Salvaje en un plan infalible que además es muy sencillo de ejecutar, al menos sobre el papel.

Pero Gran Canaria es una isla rodeada de agua por todas partes menos por una, que se llama Isidro Padrón, un hampón disfrazado de empresario que a su vez despacha con un ruso que no tiene nombre, y si lo tiene nadie lo dice, por lo que pueda pasar. Desbaratar el plan de cuatro malhechores de pacotilla entra dentro de lo factible. Para él es cosa fácil, aunque también en teoría.

Lo que todos ignoran es que en apenas veinticuatro horas ninguno de ellos será como es ahora porque habrán abierto la puerta del infierno.

 

No recuerdo cómo ni por qué, pero lo que si recuerdo es que la primera novela de Alexis Ravelo que cayó en mis manos fue La estrategia del pekinés, cuando todavía no se había alzado con el premio Hammett y antes también de que este blog hubiese visto la luz.

También recuerdo que estaba editada por la editorial Alrevés y que era una edición de reducido tamaño, cuyas hojas parecían más apropiadas para liar cigarrillos (o algo similar) que para juntar letras. Y por supuesto, lo que no he podido olvidar es que me encantó, que me pareció una novela magnífica, se mire como se mire; que me duró apenas un par de asaltos (por aquella época andaba un poco lento de reflejos) y que no he dejado de recomendarla desde entonces, ocupando además, desde ese día, un lugar preferente en mi pequeña colección de indispensables.

Después vinieron La última tumba, premio Getafe negro, y Los tipos duros no leen poesía, tercera entrega de las andanzas de Eladio Monroe, andanzas de las que creo va a salir en breve (espero no haberlo soñado) una nueva entrega, la quinta si no me equivoco; y que confirmaron que Ravelo sabe de qué va esto y que siempre es buena idea no perderlo de vista.

Las flores no sangran me ha recordado una barbaridad a La estrategia del pekinés, y lo ha hecho por la historia (un grupo de perdedores a los que tal vez los sueños les vengan grandes), por la ambientación (que logra que casi reconozcas los parajes que en ella se describen aunque no hayas pisado la isla en la vida), por el lenguaje (Ravelo maneja de maravilla el lenguaje de la calle, mezclándolo con las dosis justas de humor y presentando diálogos rápidos y veraces)… y, sobre todo, por un puñado de personajes de esos que se te cuelan hasta dentro y de los que ya no te puedes separar.

Ahora ya no están el Rubio, Tito Marichal, el Turco, el Gordo o Cora (uno de los personajes más extraordinarios con los que he tenido el placer de cruzarme hasta la fecha), pero no hay de que preocuparse porque su lugar lo han ocupado Lola, el Salvaje, Felo, el Marqués, Isidro Padrón, Diana o el zurdo…  y aunque si La estrategia del pekinés fue un flechazo y el primer amor siempre es especial y su lugar es difícil de llenar, esta es una novela de las que se disfrutan de verdad.

Las flores no sangran es por tanto una novela coral, una novela de personajes cuidados con esmero y que se van dibujando perfectamente ante nuestros ojos, dando la sensación de que son reales, de que te podrías cruzar con ellos cualquier día al doblar una esquina (aún viviendo a bastante distancia de Gran Canaria) y en la que la historia también respira veracidad, rabia, violencia (como muestra decir que un capítulo lleva por título Ensalada de hostias) y humanismo, huyendo además de cualquier maniqueísmo como de la peste.

Es una novela que en algunos momentos recuerda a los clásicos del hard boiled, pero con un estilo propio. Una novela en la que no te puedes relajar, porque nunca sabes lo que va a suceder en el próximo capítulo. Una novela que te llevará, unas veces agarrándote de la mano suavemente y otras a empujones si hace falta, a pasear entre empresarios corruptos, ladrones de poca monta, vividores del tres al cuarto, policías, matones a sueldo, habitantes de los bajos fondos y asiduos de los ambientes más sofisticados. Y una novela que te emocionará, que en algunos momentos te hará reír y en otros llorar, que a ratos te angustiará y a ratos te agradará, pero que en ningún caso te dejará indiferente.

Por último decir que si has tenido el placer de leer a Ravelo, probablemente sabrás que todo lo dicho es verdad… y si no lo has hecho y me permites el consejo, ya estás tardando.


Alexis Ravelo (1971) es un escritor calvo que nació y sobrevive a régimen de cervezas y bocadillos de chopped en Las Palmas de Gran Canaria. De procedencia humilde, su primera novela, Tres funerales para Eladio Monroy, supuso un inesperado éxito que le ha llevado a escribir otros tres libros con el mismo personaje: Solo los muertos, Los tipos duros no leen poesía y Morir despacio. Ha perpetrado, además, otras dos novelas de semen y sangre: La noche de piedra y Los días de mercurio. Tres libros de relatos (Segundas personas, Ceremonias de interior y Algunos textículos) y media docena de libros infantiles completan hasta ahora su bibliografía, si exceptuamos volúmenes colectivos y antologías, como Relato español actual, de Fondo de Cultura Económica, y Por favor, sea breve 2, de Páginas de Espuma.

En el 2013 ganó el XVII Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe con La última tumba.

Con su anterior novela, La estrategia del pequinés, obtuvo el Premio Dashiell Hammett 2014 a la mejor novela negra publicada en español, y otros galardones como el Premio Novelpol (ex aequo con Don de lenguas, de Rosa Ribas y Sabine Hofmann), el Premio Tormo 2014 y el Premio LeeMisterio 2013 al Mejor Personaje Femenino.

Imparte talleres de escritura en centros educativos, bibliotecas y prisiones, diseña y coordina actividades de animación a la lectura y colabora semanalmente en programas radiofónicos.

Ocupa un lugar relevante en la narrativa española actual y se ha destacado, de su estilo, su eficiencia narrativa y su habilidad para combinar la amenidad y la reflexión en argumentos de claro compromiso ético.

Sigue sospechando que Dios está de vacaciones.

Te quiero porque me das de comer

TE QUIERO PORQUE ME DAS DE COMER (David Llorente)
Por Fercar

 

La novela negra puede y debe romper algunos moldes: «Necesita dar un salto al vacío, y una extraña pirueta en el aire. El requisito es no tener ni vértigo ni miedo», dice David Llorente.

No podemos estar más de acuerdo. La literatura noir necesita también de autores con propuestas atrevidas, arriesgadas y que miren el género negrocriminal desde nuevos puntos de vista.

¿Qué pasaría si la historia que se cuenta no es una sucesión de hechos consecutivos, sino simultáneos? La simultaneidad no parece patrimonio de la literatura, sino, más bien, de la pintura o del cine, pero si las palabras consiguen contravenir su propia naturaleza y transmitir esa sensación —la de que todo lo que sucede, sucede a la vez–, entonces surge un texto envolvente, casi tridimensional.

Proponemos una lectura donde la brutalidad del asesino en serie se ve rodeada de una multitud de historias criminales que, al mismo tiempo que nacen, el narrador las hace desaparecer. No importa quién sea el criminal ni qué tipo de detective lleve a cabo la investigación. Lo que importa es que el asesino existe.

Max Luminaria era un chico muy callado. Sacó la mejor nota de selectividad de toda España y decidió estudiar Medicina. Una vez más, fue el mejor en los exámenes; el mejor en las prácticas y el mejor en el quirófano. Se lo rifaban todos los hospitales. No hubo cirujano más preciso ni vecino al que más quisieran los habitantes de Carabanchel. Lo saludaban por la calle. Le daban las gracias. Todos tenían a un familiar al que el doctor Maximiliano Luminaria había salvado la vida.

Su vida, fuera del quirófano, era diferente, ¿o a lo mejor no? La realidad es que no podrás, nunca más, sentirte aliviado porque se haya descubierto al asesino, porque, querido lector, los asesinos caminan entre nosotros.

 

No soy de los que se tiran de cabeza a las últimas novedades que inundan los escaparates de las librerías o de los que se decantan preferentemente por aquellos libros con la etiqueta de bestseller, aunque tampoco reniego de ellos si considero que pueden ser interesantes, solo por el mero de hecho de ser superventas o por ser ya el libro de cabecera de un montón de gente. La mayoría de las veces prefiero indagar, bucear un poco a ver qué hay por ahí. Ir probando nuevos sabores, catando nuevos autores…

En el caso del libro que ahora nos ocupa había oído (y leído) tantos comentarios y tan apasionados que me pareció una campaña de marketing en toda regla: Que es el libro más extraño que jamás se ha escrito. Que seguro que nunca había leído, y que tampoco volvería a hacerlo, nada igual. Que es una novela trasgresora de principio a fin. Que estamos ante una joya única e inimitable; ante un libro agitador, rebelde, insumiso, libre. Que se trata de la novela que todos los amantes del género negro deben leer sí o sí. Que después de este libro no sabría qué demonios leer. Que llegar al final es como un orgasmo, un torrente de adrenalina liberado, y que uno se queda, invariablemente, con la sensación de haber leído algo único e irrepetible…

Fue un empacho, una comilona con dos platos principales fuertes seguidos de doble ración de poste. Demasiado para mí, así que decidí mirar para otro lado y pasar de largo. Sin embargo, un par de excelentes reseñas en alguno de esos sitios con cuyos gustos suelo ir de la mano, y el hecho de que viniese avalada por el Memorial Silverio Cañada  y de que además, estuviese editada por la editorial Alrevés, me hizo cambiar de opinión.

Vayamos al grano.

Es cierto que formalmente es un libro extraño, y lo es por varias razones: Porque el final de cada párrafo no está marcado por el consabido punto y aparte (tampoco parecen ser sus páginas territorio del punto y seguido con un uso muy convencional); porque todas las tramas se entremezclan, como ingredientes vertidos al tun tun en una batidora por un aprendiz de cocina chapucero. Porque las normas de la RAE brillan por su ausencia; porque hay un abuso excesivo, casi (y tal vez sin casi) enfermizo, de los paréntesis y de los dos puntos.

«… y se metieron en el coche (debajo de un árbol): se besaron: se medio desnudaron (solo la ropa imprescindible): se tocaron: se chuparon: no llegaron a la penetración porque Max Luminaria no consiguió alcanzar una erección: a partir de ahí (la chica no supo tener la boca callada) empezó la fama de impotente de Max Luminaria. Todo asesino en serie tiene (tiene que tener) una firma: el asesino en serie necesita matar, pero también necesita que se lo conozca por lo que hace: y lo que hace (matar: su forma de matar: de huir: de desconcertar) es arte: quieren ser los Donatello de la violación: los Le Corbusier del destripamiento: los Shakespeare de la estrangulación: los Bach del canibalismo: la firma da valor y autenticidad a sus obras. Leire Hernández Gallego (directora del I. B. Sebastián Oller) le dijo a Juanito, el bedel: en la cuarta planta no hay papel de váter, ¿me puede usted explicar por qué en la cuarta planta no hay papel de váter?, ¿no le parece a usted necesario?, ¿cómo se limpia usted en su casa?, ¿se restriega el culo contra la pared?, ¿eh?, conteste, ¿se restriega usted el culo contra la pared?: no, señora, en mi casa nos limpiamos como todo el mundo. Marcelo Saravia intentó contactar con Greta Santamaría: quería decirle (aunque fuera mentira) que estaba dispuesto a dejar a su mujer: pero Greta Santamaría no respondía al teléfono ni hacía caso de sus mensajes: Marcelo Saravia se la imaginó con ese maldito novio (o lo que fuera) que se había echado (sin duda para olvidarse de él): se la imaginó haciendo el amor: se imaginó a ese hijo de puta cogiéndole las tetas…».

Porque las tramas se fusionan con recetas de cocina, con aclaraciones, con noticias, con entrevistas, con consejos para amas de casa frustradas, con anuncios, con un vademécum psiquiátrico, con comentarios de las más diversa índole…

«… la inflación, a pesar de la recesión, no cede. Felipe González dice haberse enterado del caso Filesa a través de los medios de comunicación. Hay una lámpara encendida en un rincón del salón: del resto de la oscuridad ya se encargan las velas: Marcelo Saravia se sirve una copa de vino (le sirve otra a su mujer): pregunta: ¿celebramos algo, hoy?».

… Todo esto provoca que al principio parezca que va a ser una tarea titánica adaptarse, y que va a ser necesaria una mayor atención y concentración para no perderse, dando la sensación de que el texto nos va a exigir una participación activa como lectores, una implicación, un compromiso, un quid pro quo

Tampoco ayuda que la novela aparezca contada por una tercera persona omnisciente, que lo relata todo de una manera impersonal, metálica, fría. Mezcladas aparecen dos voces: una que narra, y otra que pide cuentas, haciendo preguntas y solicitando aclaraciones.

«La Facultad de Medicina se cerró cuando descubrieron el cadáver del alumno Octavio Real de la Huerta y Rubio-Montoro. ¿Quién lo descubrió? Una de las señoras de la limpieza: empezó a correr y a chillar por toda la sexta planta del edificio: después le dio un ataque agudo de ansiedad y tuvieron que llevarla al hospital más cercano».

Además, para rizar el rizo, lo que se cuenta no es solo una historia, ni dos, ni tres, ni cuatro, ni cinco… Max Luminaria, el personaje central, esta secundado por cientos de personajes cuyas tramas se entremezclan, y nunca sabes cuáles de esos personajes van a resultar al final relevantes, y cuáles no van a llegar, ni de lejos (muchas no pasarán de ser sórdidas microhistorias), a disfrutar de los preceptivos 15 minutos de gloria.

Ante esta perspectiva es posible que muchos ni siquiera lleguen a abrir el libro, y que no pocos lectores decidan abandonar su lectura a las pocas páginas, dejándolo de nuevo en la estantería; o mejor aún, encerrado bajo llave en lo más recóndito de un cajón, y decidan inmediatamente después dedicar su tiempo a trabajos más normales.

Si se me permite un consejo, en realidad creo que no es para tanto, basta con dejarse llevar: el cerebro humano es capaz de rellenar (exceptuando que uno se dedique profesionalmente a la política) los huecos, de encajar las tramas, de poner en orden las ideas…

Además, como nota positiva decir que aquellas personas que sientan un débil arañazo en el estómago cuando se dan de bruces con un LE en lugar de un LA o un LES donde debiera aparecer un LOS (sin duda no es esta una buena época para los correctores profesionales); y una leve patada en la espinilla cuando se encuentran algún gazapo: la omisión de una preposición o de un artículo, un mal uso de las comillas o de los guiones, o cualquier otra errata consecuencia de las prisas y de la necesidad actual de abaratar costos, están de enhorabuena. Aquí, si los hay, carecen totalmente de relevancia y pasan más desapercibidos que Wally en San Mamés.

Para los que no se sientan intimidados por estos primeros obstáculos y decidan continuar adelante, es necesario advertir que los cientos de historias que se nos cuentan narradas de golpe, como un torrente ingente de información, no son ni mucho menos historias actas para todos los estómagos: son historias de violencia extrema, de sexo explícito…, historias duras, salvajes, cruentas. Historias sin paños calientes, que perfilan ante nuestros ojos cientos de personajes… y todos al límite,  historias que beben de la literatura Pulp, que acarician el gore, y que nada tienen que ver con otro tipo de historias, muy populares en la novela negra actual, que inundan las estanterías y lideran las listas de ventas.

«Lo cogió y se lo llevó a casa: le corto las cuatro patas con unas tijeras: después le abrió la tripa y le fue sacando las vísceras».

«En la Facultad de Medicina… Oiga, oiga, un momento. ¿Qué pasa? ¿Es que no me va a decir qué pasó con la colombiana Mauricia? Ah, ¿quiere usted saberlo ahora? Pues sí… Greta Santamaría saltó encima de ella y la tiró sobre el suelo del salón: la arañó y la mordió como una fiera (en sus uñas se quedaron restos de piel y de vez en cuando volvía la cara y escupía trozos de carne colombiana): luego agarró el trofeo de mus (con el pie de mármol) y le estuvo golpeando la cabeza hasta que la cara entera se le ocultó detrás de una cortina de sangre».

« Entonces abrió la bolsa de deporte, sacó el fusil y disparó contra el profesor: le alcanzó en un costado: después le estuvo disparando en el vientre hasta que se quedó sin munición: los niños gritaban: el suelo estaba inundado de sangre».

«… se fue a la pared donde estaba la diana, cogió un dardo y corrió a clavárselo en la espalda al hombre de la tragaperras: se lo clavó (enloquecido y babeante) más de cincuenta veces (en la espalda, en el cuello, en la cara, en un ojo…)».

Por todo lo dicho (escrito) hasta ahora, y por alguna cosa más que muy a mi pesar seguramente se me quede en el tintero, para muchos esta novela siempre será una novela diferente, distinta, una apuesta valiente y arriesgada. Para no pocos, en cambio, no dejará de ser una empanada mental (para gustos están los colores), e incluso para algunos, tal vez solo sea un ejercicio de soberbia, una novela producto de la arrogancia de su autor.

En  lo que a un servidor respecta, Te quiero porque me das de comer es una buena novela, una muy buena novela, pero no por la peculiar forma en que está escrita, sino tal vez, a pesar de ello.

Es una buena novela porque tiene ritmo, a veces endiablado (en la segunda parte disminuyen las interrupciones y la velocidad aumenta). Porque presenta un buen número de interesantes personajes secundando al protagonista absoluto (Greta Santamaría, Marcelo Sarabia, el Inspector Balcells…) y porque el personaje principal, Max Luminaria, es un personaje potente, de esos que dejan huella, que se niegan a abandonarnos perdurando en la memoria por mucho tiempo. Y porque David Llorente tiene (aunque probablemente eso solo lo sepa él) pese al caos aparente, todo perfectamente controlado y estructurado, para que la novela fluya con la precisión de un reloj suizo, cerrando todas y cada una de las puertas que se abren y terminando por dibujar, como quien no quiere la cosa, un círculo completo, un puzle donde todas las piezas encajan.

Porque a pesar de ser una novela dura, cruda, no faltan esos ingredientes tan necesarios en la novela negra: los personajes humanos, la tensión, los golpes de humor (aunque sea negro), los sentimientos a flor de piel, la crítica social…

Y por su final sorprendente, rotundo, que deja temblando y que hace que a David se le perdone que haya sido necesario tragarse algunas recetas, comentarios y noticias que no venían a cuento, antes de  poder llegar (casi inmediatamente precedido de los enésimos dos puntos) al punto final, que da por concluida la novela.

En definitiva no sé si será, como he leído por ahí, una novela necesaria; pero creo que si es una novela que se sale de lo común, que se disfruta y que, por lo tanto, merece la pena ser tenida en cuenta.


David Llorente nace en Madrid en 1973.

En esta ciudad publica las novelas Kira, premio Francisco Umbral de novela corta 1998, y El bufón, premio de narrativa Ramón J. Sender 2000.

En el año 2002 se traslada a vivir a Praga (República Checa), donde escribe las novelas Ofrezco morir en Praga y De la mano del hermano muerto, esta última también traducida al checo.

En esta ciudad crea el grupo de teatro Séptimo miau, cuyas obras escribe y dirige él mismo.

Ha representado por casi todos los países de Europa Central y del Este y ha obtenido diversos premios en varios festivales de teatro internacionales.

Te quiero porque me das de comer, su quinta novela, fue seleccionada por el diario ABC como una de las mejores novelas del año 2014 y obtuvo el premio Memorial Silverio Cañada a la mejor primera novela de género negro en la Semana Negra de Gijón de 2015.

Su última novela, Madrid: frontera ha obtenido el premio Valencia negra 2016 a la mejor novela del año 2016.

Algunas de sus obras han salido publicadas en el libro Los árboles dormidos.

Manguis portManguis

AÑO DE PUBLICACIÓN: 2016
IDIOMA: Castellano
ISBN: 978-84-9109-085-4
NÚMERO DE PÁGINAS: 272
DIMENSIONES: 13,5 x 20,5
FORMATO: Rústica

Corre el año 1972 en Canillejas, un barrio del extrarradio de Madrid. Todos esperan que Luis Fores, inspector jefe en la comisaría de San Blas, sea nombrado subcomisario. Sin embargo el cargo es finalmente para Jerónimo Cabezas, un inspector más joven y con nuevas ideas, como quieren los de arriba, debido al cambio político que se avecina. Esto colma el vaso de las aspiraciones del veterano inspector que decide tomarse la justicia por su mano organizando un atraco a un furgón blindado y garantizarse así una jubilación de oro. Para ello se alía con el Torre, uno de los capos del barrio, en quien delega para conseguir las armas y reunir un equipo de personas de confianza que finalmente resultan ser dos putas, un yonqui y dos politoxicómanos. En estas condiciones, después de muchas horas de negociar un plan y los porcentajes, arranca esta novela negra aderezada de costumbres y paisajes de otra época, en la que se muestran la idiosincrasia y el modus vivendi de aquellos que se ven obligados a delinquir porque son los desheredados de una ciudad que no les ha dado nada.

flecha Reseña de Guille en Directo al hígado

 

 


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AÑO DE PUBLICACIÓN: 2015
IDIOMA: Castellano
ISBN: 978-84-16328-20-8
NÚMERO DE PÁGINAS: 288
DIMENSIONES: 13,5 x 21,5
FORMATO: Rústica con solapas

La vida de la subinspectora Rebeca Santana quizá no difiera tanto de la de cualquiera de nosotros. De vez en cuando surgenproblemas con la pareja y algunas amistades y, cómo no, tiene algunos conflictos laborales. Pero Santana, que se crió enel popular barrio del Carmelo, en Barcelona, tiene un pasado doloroso que no puede —y no quiere— olvidar y que se hacobrado un alto precio en la relación con sus padres y entorno más próximo.Mientras Santana y su compañera Miriam Vázquez intentan desmantelar una red de tráfico de menores, que a la postrereabrirá antiguos casos que se creían ya cerrados, los demonios del pasado y del presente perturbarán sus vidas. Por sifuera poco, un asesino que consiguió huir de Santana tiempo atrás parece haber regresado a Barcelona, y su madre, reciénsalida de la cárcel, es secuestrada. Entretanto, su pareja, Malena, lleva un caso muy delicado y con trasfondos personalesen su nueva condición de fiscal.En esta tercera entrega de la serie de la subinspectora Santana, tras Curvas peligrosas (Odisea Editorial 2010) y Contra lascuerdas (Editorial Alrevés 2012), los amantes de esta policía que monta una Harley-Davidson disfrutarán no solo de un nuevocaso, o deberíamos decir casos, sino también de una Santana más humana que nos abrirá las puertas a su pasado y a surelación con Malena, el verdadero amor de su vida.