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Hambre a borbotones (Álber Vázquez)

Publicado: 22 septiembre, 2016 en Reseñas
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Hambre a borbotones

HAMBRE A BORBOTONES (Álber Vázquez)
Por Guille

Cuando accedí a participar en este blog, una de las primeras decisiones que quise adoptar fue que los libros reseñados me gustaran y que, mayoritariamente, no fueran novelas superventas ni de autores masivamente conocidos ni vendidos (y por ende explotados). Es decir, autores y novelas que estuvieran lejos de los circuitos comerciales y que tuvieran ese halo de autenticidad y pureza literarias que, a mi parecer, manifiestan una actitud ante el mundo y ante el arte y que siempre suponen una declaración de intenciones. «El arte jamás ha de intentar ser popular. Es el público el que ha de intentar ser artista», dijo Oscar Wilde. Pues a eso vamos.

Hambre a borbotones es una novela mayúscula. Extraña, irredenta, tensa y, yo diría que en algunos casos, hasta suicida. Suicida porque contiene mimbres, elementos y pautas infrecuentes en el panorama literario español. Tal vez sea habitual en Norteamérica hallar novelas protagonizadas por una saga familiar de caníbales pero, hasta donde yo sé, nunca había oído hablar en este país de algo semejante. Por descontado, eso casi siempre supone un reto y una presión añadidos puesto que resulta fácil caer en maniqueísmos y en estereotipos vistos en series y películas de este tipo. Si se habla de canibalismo enseguida acude a la mente el personaje de Hannibal Lecter, alguien que se deleita en su sed de carne humana mientras las víctimas caen a su paso en medio de una espiral de violencia sangrienta. Es obvio que se trata de un personaje llevado al límite y que fascina pero del que en todo momento esperamos una mayor progresión: puede devorar la cara de un hombre en su presentación pero siempre demandaremos que en su cénit criminal su víctima sufra el mayor sufrimiento posible. Nuestra pulsión (sana, por supuesto) por el morbo nos impele a ello y así debe de ser.

En el caso de Hambre a borbotones, la pulsión y el deseo de morbo, de sangre y de buena literatura quedan saciados con creces. «Elige a una chica. Elige a una chica guapa. Elige a una chica encantadora y sugestiva. Adinerada, culta, sensual e independiente. Elige todo eso y disponte a matarla. Elige a la chica equivocada y serás devorado». Parece evidente al menos que después de leer este pequeño avance en la contraportada lo primero que a uno se le despierta es cierta curiosidad. Una vez abierta la primera página de la novela la curiosidad se transforma en buena literatura y en todo lo que se ha prometido anteriormente: «”Hambre a borbotones” es una novela fascinante. Hay terror, hay una trama policial, hay comedia, hay luminosidad, hay amor, hay sexo, hay odio, lujuria y deseos de venganza. Hay, en definitiva, todo eso que nos gusta y que hace que el mundo gire y funcione. Pero en una Thermomix a máxima potencia». Y así es. Para ello contamos con un conjunto de personajes, como he dicho llevados al límite, y por tanto llenos de vitalidad, potencia y carisma. La saga familiar de los Bonet formada por Alicia, en cierto modo la protagonista de la novela, que junto con su hermano Ismael, un metepatas de carácter pusilánime, llevan una galería de arte en la ciudad de Centenario (topónimo inventado según comenta su autor en homenaje al himno de Rentería, de donde es oriundo). Junto a ellos Clara Bachiller, quizá el personaje más radical de la novela, una especie de muchachita andrógina tan activa sexualmente como extrema en sus actitudes que jocosamente podría verse como un trasunto entre Lisbeth Salander y madame Bovary. Al frente del clan Elías Bonet, el patriarca en la sombra cuyo protagonismo en la parte final de la novela será decisivo por cuanto intervendrá en el secuestro de Ismael por parte de la camarera Laura Arribas y el macarra Diego Mallo. Por último, el asesino elitista Víctor Soldado quien, además de mantener una relación con Alicia, es acosado por el infatigable inspector de la policía, Mario Monge, quizá el personaje más clásico, pero no por eso menos potente. Tampoco hay que olvidar a Enrique Castresana, el pintor apadrinado por Alicia y que será seducido por Clara en una relación tan lujuriosa como «carnal». Como ven, un conjunto de personajes infrecuentes y que en sus interrelaciones sacan a la luz todo su poder y su maldad.

En cuanto al estilo narrativo y al ritmo, Vázquez hace gala de un lenguaje y una técnica, si no propios, sí muy visuales, a veces algo poéticos, en ocasiones reflexivos, a veces muy cinematográficos (no puede resistirme a comparar ciertas escenas y personajes con algunos de la serie norteamericana Penny Dreadful), donde la frases cortas y el uso de la introspección de los personajes a través del monólogo interior no cansan y ayudan a conocer la personalidad de los mismos. Para muestra un par de pinceladas soberbias:

«Los depredadores cazan a cielo abierto. Atisban la pieza, siguen su rastro, la observan en la distancia, avanzan, fingen, engañan, y por fin, sorprenden. Es el ataque final. La suspensión de todo juicio o criterio. En los próximos minutos, lo que sucede, lo hace ajustándose a un orden nuevo y excelso. La muerte reina cuando se vuelve gesto corpóreo. Explícale a Soldado qué es al arte. Qué es la pulsión de la pincelada exacta. La exquisitez de un movimiento efectuado en el momento que se concibe como único».

O reflexiones, quizá más personales, de este tipo: «El mundo, si lo miras de refilón, es un lugar agradable en el que el café siempre está caliente y la cordialidad impera. Sin embargo, no cometas el error de observarlo de frente. De fijar tu vista en él y aguantarle la mirada. Te horrorizará lo que contemplas. La delgadísima capa que nosotros advertimos oculta otra mucho más gruesa y poderosa. La capa real de la existencia. Está formada por los instintos más salvajes, por la crueldad, por el infierno, por la obscenidad, por el mal. Por el auténtico y genuino mal… Deberías tenerlo siempre presente. Y estar preparado».

Hambre a borbotones es una novela magnífica. Por dentro y por fuera. Tanto la portada como la encuadernación de cartoné son exquisitas, con ese atisbo de artesanía que solo tienen las cosas hechas con cariño y dedicación. ¿Más de 400 páginas a 22.50€ resultan caras como he leído por ahí? ¿Resulta más caro un BMW que conduces todos los días y con el que disfrutas que el coche más económico del mercado permanentemente encerrado en un garaje? Mi opinión es que no. Hambre a borbotones es una novela rentable (y deleitable) porque perdura, porque emociona y porque entretiene desde el principio hasta el final. Como se menciona en la contraportada, «un libro que bebe directamente de los pulps norteamericanos de principios del siglo XX, los mezcla con una buena dosis de telenovela venezolana y los salpica de abundantes lingotazos de Wes Craven, Patricia Highsmith, Andy Warhol y Sylvia Kristel». Ah, y novela finalista del Memorial Silverio Cañada a la mejor primera novela negra en español 2016 (Semana Negra de Gijón). En definitiva, un gustazo del cual habrá continuación en otras dos novelas más.

Valoración:  estrellas 9

Álber Vázquez (Rentería, 1969) ha publicado una veintena de títulos. Como si no hubiera un mañana. Es uno de los autores de novela bélica ambientada siglo XVIII más reputados del momento. Su obra Mediohombre, de la que se llevan vendidos más de veinte mil ejemplares, es probablemente la novela más plagiada de la última década. Podría decirse que todo iba como la seda si no fuera porque este subgénero es masiva y fielmente seguido por legiones de varones mayores de cincuenta años. Lo cual, para un tipo que decidió dedicarse a la literatura «sobre todo para ligar», se había convertido en un problema que necesitaba respuestas drásticas. La respuesta drástica es la novela que tienes entre las manos. Un libro distinto a todo lo que se ha publicado hasta hoy. Un libro que te golpeará en el estómago y te hará abrir los ojos como nunca antes lo has hecho.

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