Archivos de la categoría ‘Reseñas’

El mal Camino: Mikel Santiago
Por Guille

El mal camino es la segunda novela de este autor portugalujo, afincado en Holanda pero que vive a caballo entre Amsterdam y Bilbao. Después de su estreno con La última noche en Tremore Beach, con la que obtuvo excelentes críticas además de numerosas ventas y destacados premios, parecía factible que Santiago pasara por la conocida fase del bloqueo creativo en el tour de force que suele suponer escribir una segunda novela, pero he aquí que El mal camino no solo está a la altura narrativa de su predecesora sino que, sin duda, es una digna heredera de aquella.
El molde creativo sobre el que trabaja Mikel Santiago no es despampanante ni falta que le hace. Personaje torturado, preferente escritor de cierto renombre, con mujer o exmujer e hijos, que vive retirado en un paraje evocador, ya sea la costa irlandesa o la Provenza evocadora, rodeado de algunos amigos al que la vida da un vuelco debido a un hecho inesperado. Ya digo que no se trata de un argumento esplendoroso sino de un marchamo de fábrica que Santiago ha engarzado muy bien a través de una trama sólida, unos personajes creíbles, un ritmo firme y un suspense adecuadamente trabajado y dosificado, cualidades que se agradecen en un género tan dado a vaivenes y altibajos.
Bert Amandale es un escritor de novelas de intriga, con relativo éxito, que ha recalado con su mujer Miriam y su hija adolescente Britney en un pueblo de la Provenza, al sureste de Francia, para recuperar el equilibrio personal y bienestar familiar que se tambaleó en Londres, donde residían. A pocos kilómetros de su casa se ha instalado también su íntimo amigo, el otrora famoso y ahora retirado músico de rock Chuck Basil, quien también intenta recomponer su vida y su carrera musical.
Un día, de regreso a casa, Chuck atropella a un hombre y se da a la fuga, pero cuando regresa al lugar de los hechos el cadáver ha desaparecido. Bert, a quien Chuck refiere la historia, duda de la versión de su amigo, por cuanto el pasado del músico está plagado de coqueteos con las drogas y aún está en rehabilitación, pero pronto comprobará que ese atropello no solo es cierto, sino que existe toda una conspiración para ocultarlo por parte de los habitantes de ese pequeño pueblo provenzal.
Mucho se ha hablado sobre la comparación entre Mikel Santiago y Stephen King, y como suele ocurrir, las comparaciones, además de odiosas, suelen ser estúpidas e innecesarias. Sin duda se trata de una buena campaña de marketing de la que Mikel Santiago ha salido reforzado y con argumentos más que sólidos, que a la hora de escribir estas líneas se han corroborado en la publicación de su tercera novela El extraño verano de Tom Harvey. La ecuación para el lector es clara: novela de intriga y suspense con personajes verosímiles, ritmo ágil y sin descanso y una trama bastante consistente. Dicho así resulta pretencioso, pero no lo es. Mikel Santiago sabe (y escribe) a lo que juega, y el entretenimiento parece ser su primera baza. En estos tiempos no parece mala cosa así que se agradece. Esperemos que siga así.

 

Mikel Santiago: Autor español pasó gran parte de juventud tocando en grupos de música rock. En la actualidad reside en Ámsterdam donde combina su trabajo en el campo del software con su pasión por la literatura y la música.
Santiago dio sus primeros pasos en la literatura publicando relatos y novelas cortas a través de Internet. En 2014 publicó su primera novela, La última noche en Tremore Beach, que comenzó a publicar en Amazon y que logró alcanzar la lista de los más vendidos. Posteriormente, Santiago dio el salto a la edición tradicional gracias a Ediciones B y en 2015 publicó su segunda novela, El mal camino. El extraño verano de Tom Harvey (2017) es su última novela.

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Este muerto no lo cargo yo
Por Fercar

Diego Almeida no es valiente.
Solo es un tipo cualquiera. O lo era. Dejó de serlo el día en que aceptó la invitación de un fulano para pasar en su casa lo peor de una borrachera espantosa. Ese día el mundo se le vino encima. O acabó de venírsele porque ya desde antes la cosa iba en bajada. Aun así, si tuviera que jurar, si tuviera que elegir entre los muchos desastrosos momentos de su infeliz pasado, sin duda elegiría ese como el día en el que para él comenzó el infierno.
Y Almeida no está bien preparado: abogado comercial (desempleado), pelele sin remedio (según su madre) y amante regular (según él mismo), Diego no ha visto en su vida un cargamento de coca, no sabe una palabra sobre la trata de blancas y jamás, jamás, ha asesinado a nadie.
Por culpa de ese mal momento, ahora tendrá que aprender, y rápido, a deshacerse de cadáveres que empiezan a oler en serio, a fabricar otros antes de que los vivos acaben con él, a salvar el pellejo sin poder confiar en nadie. En su haber tiene: la notable elasticidad de sus escrúpulos y una absurda, patética, incapacidad de creer en su mala suerte.

 

Son varias las voces que en los últimos tiempos se alzan para pregonar que la novela negra se está saturando, que así va a ser difícil atraer a nuevos lectores, más allá de algún otro despistado que caiga en sus redes y que luego aprovechará cualquier despiste para salir corriendo sin mirar atrás. Que en estos momentos camina hacia una burbuja que está a punto de estallar en mil pedazos y que de no variar su rumbo, está próxima a despeñarse irremediablemente, como el camión de El diablo sobre ruedas. Voces que proclaman acto seguido que se necesitan nuevos argumentos, apuestas diferentes y más arriesgadas, siendo necesario un soplo huracanado de aire fresco que la aleje de los tópicos y de los clichés propios del género.
Es posible que estén en lo cierto. En cualquier caso, no seré yo quien les quite la razón. En el blog hemos reseñado algunas novelas que en cierto modo sí suponían algo distinto, una ruptura con los esquemas habituales: Desde la difícilmente clasificable Te quiero porque me das de comer, con la que David Llorente se llevó el Silverio Cañada, hasta obras como Hambre a borbotones de Albert Vázquez, La vida te matará, de Rafa Calatayud; Tom Z Stone, de Joe Álamo; o la reciente ganadora del premio Wilkie Collins y del Ciudad de Tenerife Ya no quedan junglas adonde regresar, de Carlos Augusto Casas. Novelas en cierto modo atípicas en las que o bien la estructura tradicional salta hecha mil pedazos, o con protagonistas tan peculiares y dispares como son una familia de caníbales o un septuagenario, pasando por un detective zombi.
Pero encontrarse con una novela de corte más clásico, de esas que a lo mejor están abocando al género a la perdición, también puede ser, y en el caso que nos ocupa lo es, una auténtica delicia.
Este muerto no lo cargo yo está ambientada en un Madrid inmerso en esa crisis en la que a fecha de hoy ya no estamos, y en la que en opinión de algunos jamás estuvimos, y protagonizada por un emigrante colombiano de 45 años, divorciado y abogado en paro.
Diego Almeida es un pobre hombre amargado, acosado día y noche por un cobrador del frac implacable, que decide hacer uso de la última bala que le queda en la recámara, disfrazada de solitario billete de 50 euros, para imprimir unos carteles con los que ofrecer sus servicios legales a compatriotas con problemas, y que termina siguiendo los pasos a un marido supuestamente infiel, impostando el papel de detective privado, por obra y gracia de una clienta que mal interpretó lo que el pobre Diego ofrecía.
María Clara Rueda nos presenta, sirviéndose de una prosa que seduce, una historia bien organizada y mejor ejecutada. Una trama cuyo ritmo va in crescendo y con unos personajes absolutamente palpables y que funcionan a las mil maravillas, capitaneados por un antihéroe como Diego Almeida: un personaje que se nos presenta en papel, pero que realmente es de carne y hueso y en cuya piel casi todos hemos estado alguna vez, con mayor o menor fortuna.
Este muerto no lo cargo yo es una historia con momentos de amargura y momentos de disparatada locura, con toques de drama y con toques de humor, y con infinitas dosis de ternura. Una novela sólida, muy bien ambientada y absolutamente, algo de lo que otras muchas parecen huir, verosímil.
En definitiva, la ópera prima de María clara rueda es una excelente novela digna de ser tenida en cuenta y que está, además, maravillosamente escrita.

 

María Clara Rueda (Bogotá, 1958) estudió Economía en Bogotá, Nueva York y Ginebra. Ha trabajado como periodista y como economista en Colombia y en Suiza. Profesora de macroeconomía y relaciones internacionales en la Universidad de Ciencias Aplicadas de Zúrich, vive en Suiza desde 1996 con su esposo y su hijo.

Ya no quedan junglas adonde regresar:
Carlos Augusto Casas
Por Guille

 

Obra ganadora del VI Premio Wilkie Collins de Novela Negra (y con el aún caliente Tenerife Noir en el bolsillo), y con prólogo de Julián Ibáñez, parece obvio que Ya no quedan junglas adonde regresar no está destinada precisamente a pasar desapercibida, al menos para los aficionados al género negro. Y sin duda, no lo hace. De antemano, he de confesar que soy un gran apasionado de las novelas con varias tramas y subtramas donde un grupo de personajes van hilando sus pequeñas historias personales al tiempo que dan forma a algo mayor que acaba por superarles. Al igual que las meigas, novelas de este subgénero, haberlas haylas, pero con suerte desigual. De las muchas que se publican en el mercado español tengo sensaciones contrapuestas. De un lado novelas como La vida te matará de Rafael Calatayud o la sobrevalorada Ful de Rafael Melero Rojo, ambas publicadas por la editorial Alrevés, me parecieron toscos simulacros por elaborar historias, a priori seguramente ambiciosas, pero a la postre poco edificantes. En el lado contrario, yo elegiría sin dudar dos novelas estupendas: Sociedad Negra de Andreu Martín (RBA) y La estrategia del pequinés de Alexis Ravelo (que no todo va a ser dar palos a Alrevés Editores) como excelentes paradigmas de lo que significa crear un buen puñado de personajes y una trama absorbente y engarzarlos en una historia superior. Ya no quedan junglas adonde regresar forma parte de ese grupo selecto con una proposición que ya desde la contraportada no deja en absoluto indiferente.
Un viejo apodado «El Gentleman» espera semana tras semana la llegada del jueves. Es el día en el que verá a Olga, una joven prostituta que despliega sus encantos de saldo en la calle Montera. Pero al viejo no le interesa el sexo. Durante el tiempo que pasan juntos, ambos abandonan las pequeñas mezquindades de sus respectivas vidas para convertirse en otra mujer y otro hombre. Irreales y hermosos, como los sueños. Un día Olga es brutalmente asesinada. Cuatro abogados son los sospechosos de haber cometido el crimen y el viejo decide que ya está harto de que la vida le arrebate todo lo que ama. Ya no le queda nada, sólo la venganza. Comienza a hacer planes para matarlos uno por uno. El hombre más peligroso es aquel que no tiene nada que perder… porque ya lo ha perdido todo.
Como bien señala la editorial M.A.R., se trata de una historia que reposa sobre tres ejes: el amor, la violencia y la venganza, y donde los tres personajes principales, el viejo Mateo Acuña, el asesino Herodes, alias Pedro Bustos, y la inspectora Iborra utilizarán los dos últimos para intentar alcanzar el consabido amor y dejar atrás un pasado frustrante y oscuro. Y todo eso lo logra Carlos Augusto Casas con un estilo ciertamente peculiar, muy a salto de mata, donde tan pronto está presente una ensalada de tiros como un chascarrillo que te hace asomar una sonrisa, con capítulos cortos y giros adecuados que te llevan a un final de meta, no por esperado, menos logrado.
Por poner algunos peros, considero a bote pronto que los personajes policiales son bastante planos. A pesar de que la trama personal de Iborra ponga una magnífica guinda a la historia, la relación entre ella y el subinspector Puertas suena demasiado a tópico. Tampoco el exceso de violencia a manos del viejo resulta en algunos momentos verosímil y parece que asistamos más a una escena de Harry el Sucio que a una venganza ejecutada por alguien senil e inexperto en el manejo de armas. Ese ligero tufillo a cinematografía de acción norteamericana quizás sea un lastre en ciertas escenas y giros argumentales que, sin duda, podían haberse reescrito de algún modo más adaptable a la realidad española de los barrios bajos. Del mismo modo, tampoco considero que el epílogo final sea necesario, aunque quizás el autor esté considerando una segunda entrega, vaya usted a saber.
Aparte de eso, Ya no quedan junglas adonde regresar, resulta una novela estupenda y muy recomendable. Apenas doscientas páginas que se leen en un suspiro, donde los personajes te llegan y las tramas te llevan y donde, además de la violencia y el dolor, queda el buen sabor de una primera novela muy lograda y unas expectativas por este autor que hay ganas de que se confirmen lo antes posible.

 

Carlos Augusto Casas (Madrid, 1971). Escritor y periodista. Comenzó su carrera en Diario 16. Después de pasar por la agencia EFE ejerció como periodista de investigación para TVE, Antena3, Cuatro y Telecinco. Recientemente ha sido subdirector del programa de Cuatro «A pie de calle» presentado por Jesús Cintora. Ha participado en numerosas antologías de relatos de género negro. Con el relato El Bar de los asesinos, dedicado a Lisboa, obtuvo el XIV Premio Internacional de Relato Sexto Continente, organizado por Radio Exterior de España.

Tom Z Stone I: Imagine (Joe Álamo)
Por Fercar

Tom Z. Stone es un investigador privado al que una espectacular mujer contrata para que solucione un turbio asunto de chantaje. Stone ha de enfrentarse a criminales, asesinos, chantajistas y al mismísimo marido de su clienta, uno de los delincuentes más peligrosos de la ciudad…Pero el investigador es un tipo duro y con experiencia, tan eficaz como hay que serlo en un mundo que acaba de sufrir un cambio brutal: el llamado FR, el día que los muertos volvieron a caminar… Y Stone es uno de ellos: un reanimado, un «Zeta» como les llaman los políticamente incorrectos, y sabe que como a cualquier reanimado, le quedan 4 años de vida; sabe también, que antes de morir sufrirá una brutal degradación que le transformará en un terminal o «desgastado».

 

El personaje de Tom Z Stone hizo su primera aparición pública en el año 2010, en un relato titulado Mi amada Michelle, que formó parte de Antología Z V.2, un volumen de relatos sobre temática zombi, antologado por Álvaro Fuentes y prologado por José Carlos Somoza y que vio la luz de mano de la editorial Dolmen.
En la misma editorial prosiguió sus andanzas el detective Z, pero esta vez como protagonista absoluto de una novela, y si bien dicha novela fue publicada por la editorial dentro de su línea Z, la duda de si estábamos ante una novela de zombis (recibió el premio Pandemia a la mejor novela de zombis), o ante una obra más propia del género negro (obtuvo el premio Tormo a la mejor novela negra del 2012 concedido por el club de lectura, casi nada, de Las casas ahorcadas) surgió con fuerza.
Creo que si cuestionamos al autor sobre este extremo se inclinaría, sin ninguna duda, por la segunda. No en vano afirma que concibió el personaje como uno de esos detectives duros de blanco y negro con gabardina, sombrero y cigarrillo en los labios, y muy especialmente, como homenaje a uno de sus actores más admirados, Bogart.
«Sí. Tom es un homenaje al género negro, pero sobre todo, a Bogart. Tom está en deuda con el Rick de Casablanca, el Marlowe de El Sueño Eterno y el Spade de El Halcón Maltés».
La trama: una femme fatale acude al detective solicitando su ayuda porque está siendo víctima de un chantaje. La ambientación: nos vamos a mover por ambientes turbios y oscuros, cargados de humo y frecuentados por maleantes, mafiosos, mujeres de bandera. O el propio detective: alguien que nos recuerda, como el propio autor reconoce, al Philip Marlowe de Chandler o al Sam Spade de Hammett, con algunas gotas del Mike Hammer de Spillane, contribuyen a hacer palpable la sensación de que estamos ante una de esas obras clásicas del género.
Un único aspecto es en este caso novedoso: la presencia de un buen puñado de zombis paseando por ahí. pero la verdad es que aunque a primera vista podría no parecerlo, se encuentran perfectamente integrados en la trama, y no solo no la entorpecen, sino que se transforman en un personaje más.
Y ese es el punto fuerte de la novela, sus personajes, comenzando por el personaje principal, Tom Z Stone.
Tomas Zalacaín Stone es un Z, es decir, está muerto, aunque lleva dos años campando de prestado sobre la faz de la tierra, y lo mejor, es que aún le quedan otros dos.
«Tengo un gato al que llamo Gato, una botella a la que llamo Jack y un amigo, Garrido, al que llamo cabrón con cariño. Me llamo Tom Z Stone, soy investigador privado y estoy muerto. O más bien, soy un reanimado con futuro terminal».
Tom no es un héroe, ni tampoco es amable. Tom es carismático, inteligente, irónico. A veces está de buen humor, pero otras, las más, rezuma mala leche. Es mordaz, faltón, mal hablado e intuitivo. Le gusta beber, fumar, las mujeres…va siempre con un pitillo en la boca, una pistola en la sobaquera y una petaca en el bolsillo.
Luego está Mati, su fiel secretaria, una especie de Velda; pero que a diferencia de esta, no es un simple florero. Mati es uno de esos personajes que cuesta olvidar: es una mujer de duro pasado, inteligente, rocosa, peleona, deslenguada…
Y también tenemos a Eva Espinosa, la necesaria femme fatale, cuyas curvas están inspiradas, según confesión del propio autor, en las de Ava Gadner y en las de Dita Von Tese, dos mujeres de una belleza fría, perfecta y lejana en apariencia, pero con volcanes rugiendo bajo la superficie… Tenemos al poli amigo de nuestro detective, con el que mantiene una relación de amor odio, al mafioso sin escrúpulos, al Gran Louie y sus secuaces…
Todo este coctel está narrado con un estilo ágil y directo, con una prosa seca que no se entretiene en descripciones innecesarias (únicamente las partes en las que se relata, a modo de noticias, el fenómeno Z, enlentecen un poco el relato), y que mezcla con soltura la acción, el dramatismo y el humor, mucho humor… aunque sea negro.
Tom Z Stone, posteriormente bautizada como Tom Z Stone I: Imagine no defraudará a los amantes del género negro más clásico, y lo mejor, es que sus andanzas continúan en Tom Z Stone II: Let it be y Tom Z Stone III : All you need is love.

 

Joe Álamo: Nacido el año 1960 en Leamington Spa, (Reino Unido), vive desde hace más de treinta años en Valencia. No comenzó a escribir hasta los 45 años y desde entonces, eso sí, no ha parado. Ha publicado dos novelas (El Enviado y Penitencia con Grupo AJEC) y participado en varias antologías (Fragmentos del Futuro de Espiral, Antología Z 2 de Dolmen, Taberna Espectral de 23 Escalones, Historias Asombrosas…). Sus relatos han visto la luz en distintas publicaciones electrónicas como NGC 3660, mi Natura, Planetas Prohibidos, etc. Sus novelas de Tom Z. Stone, quieren rendir un modesto homenaje al género negro y a los Beatles. Es miembro de NOCTE (Asociación Española de Escritores de Terror).

 

La vida te matará (Rafa Calatayud)
Por Fercar

A ver si nos entendemos: pongamos por un lado a dos profesionales con un bate de béisbol, a un tipo con cara de funcionario, a una chica clavada a Brigitte Bardot, un autobús lleno hasta arriba de alcohol, a Caperucita Roja, a unos pobres parkinglleros, al Joe Pesci valenciano, el bar más infecto de España, a la Jessi bailando al ritmo de los sesenta y a un ruso tan sádico que no lo quieren ni en Rusia.

Añadamos a todo esto a un perro callejero recién salido de la cárcel, a un viejo alcohólico tuerto aficionado a los toros, a dos camareros frikis y violentos, a tres skaters vírgenes adolescentes, a Vlad y sus chicos, a una marquesa binguera, a un gato venido del infierno, unos diamantes que dan un buen dividendo y una difícil elección: ¿dedo o grapadora?

Ah, y por supuesto, esos malditos conejos.

Y ya verá cómo en menos de veinticuatro horas, del amanecer a la madrugada y de la tarde a la noche, todos ellos (y muchos más) se cruzarán y chocarán hacia delante y hacia atrás en la ciudad de Valencia, guiados por la avaricia, el deseo y la estupidez con destino a su incierto final…

Y es que, como dice la canción, la vida te encontrará donde quiera que estés.

Lo que no dice es que, encima, te matará.

 

A nada que uno agudice los sentidos, abriendo los ojos y desperezando los oídos, y tire de perspicacia, es fácil encontrar una cuantas buenas razones para acercarse a una novela como La vida te matará.

La primera es el título: ni muy corto ni muy largo, pero con gancho. Un título, en definitiva, sonoro, efectivo y sugerente.

La segunda, y en mi opinión a tener muy en cuenta, es que está editada por Alrevés, que como ya hemos comentado en más de una ocasión (aún a riesgo de parecer pesados) está conformando una muy interesante colección de novela negra, conjugando narradores experimentados con otros más noveles y contando ya en sus filas con autores nada desdeñables como Julián Ibáñez, Alexis Ravelo, Rafa Melero, Luís Gutiérrez Maluenda, Gonzalo Garrido, Susana Hernández, Carlos Bassas o María Clara Rueda entre otros.

La tercera razón, porque es una novela cortita, de apenas 180 páginas (ya se sabe, lo bueno si breve…) y eso te permite enfrentarte a una historia que se puede finiquitar en unos pocos asaltos y disfrutar, llegado el caso, casi del tirón.

Y la cuarta, la sinopsis, que como puede comprobarse es bastante singular y no se asemeja a las que nos tienen acostumbrados (al menos por lo que me dice la memoria) las editoriales. Una pequeña síntesis que además de no dejar indiferente a nadie, resulta tremendamente efectiva y consigue que le entren ganas a uno de zambullirse en la novela hasta el fondo sin pensárselo dos veces.

Yo lo hice porque me la regalaron.

La vida te matará cuenta con una estructura narrativa algo diferente: mientras que unos capítulos avanzan hacia delante, otros lo hacen en sentido inverso, de tal manera que el primer capítulo es el uno (vaya novedad), pero luego le sigue el catorce, el dos, el trece… y después viene el tres, el doce, el cuatro… y a este le sigue el once… y así sucesivamente; algo que si bien resulta novedoso, no dificulta en absoluto (lo contrario tampoco, para qué vamos a engañarnos) su lectura.

No estamos ante una novela de personajes, porque los que aquí aparecen no pretenden que los acompañemos a conocer sus vidas, sus sueños, sus miserias, sus anhelos, y no pretenden que disfrutemos con sus éxitos y nos angustiemos con sus fracasos. Nada de eso, aquí nadie nos va a enseñar a hacer pasteles, ni a jugar al mus, ni a no perecer en el intento de montar un mueble de Ikea.

Tampoco es una novela de quién lo hizo y por qué. En La vida te matará no vamos a acompañar a un curtido detective en sus pesquisas por los tugurios más peligrosos de la ciudad. Ni a una inspectora cuarentona, algo resabiada y miope pero experta en criminología y técnicas forenses. Ni tampoco a una periodista metomentodo que no duda en enfrentarse a sus superiores y a todo el que se le ponga delante con tal de desentrañar un misterio. No señor, no vamos a encontrarnos eso, ni nada que se le parezca.

Y conviene recordar que tampoco es una novela que pretenda hacer crítica social o presentarnos una historia apegada a la realidad: no al menos a esa realidad cotidiana con la que nos despertamos la mayoría de los mortales, para volvernos a acostar en sus compañía unas cuantas horas más tarde.

Lo que sí es La vida te matará es una novela gamberra y violenta, muy violenta: tal y como se refleja en la sinopsis arranca con un par de tipos, con no demasiadas buenas pulgas, acariciando con un bate de béisbol (todos conocemos los beneficios del deporte) a un pobre infeliz con cara de funcionario.

Es una novela de los fondos que se encuentran debajo de los bajos fondos. Una novela poblada por un elenco de personajes escapados de alguna institución para frikis con trastornos mentales, en la mayoría de los casos apenas bosquejados, pero que aún así consiguen tocarnos alguna fibra.

Una novela que no duda en tirar de estereotipos y abrazarse sin pudor a algún que otro cliché. Una novela salvaje y muy visual: parece que algunas escenas hayan contado con la colaboración inestimable de Tarantino y Robert Rodríguez después de haber sufrido ambos una exhaustiva inspección de hacienda. Y una novela de diálogos corrosivos y de un humor gamberro y disparatado.

Para gustos los colores, y si bien es verdad que esta no es una novela para todo el mundo, no me cabe ninguna duda de que seguro que tiene su público.

Así que si te apetece dejarte llevar por una despedida de soltero llena de alcohol, de putas y sin ninguna contención, al modo de Resacón en las Vegas. O pasearte en compañía de unos mafiosos rusos, grandes como castillos, pero con menos cerebro que una piedra. Y si tienes ganas de alternar, como quién no quiere la cosa, con los parroquianos de una taberna en la que no entraría ni Harry el Sucio y conocer de paso a un lindo gatito que hará que cambie para siempre el significado de la palabra mascota, entonces, esta es tu novela.

O tal vez no. ¿Quién sabe?


Rafael Calatayud Cano (Caracas, 1969) vive en Valencia desde los siete años y estudió Filología Hispánica. Es guionista de cine y televisión y ha trabajado en películas como En fuera de juego o The Other Shoe y en series de ficción como Singles o En l’aire.

En el 2003 ganó el Premio Ala Delta de Literatura Infantil con el libro En el mar de la imaginación (Editorial Edelvives), ilustrado por Roger Olmos.

La vida te matará es su primera novela negra.

Las flores no sangran (Alexis Ravelo)
Por Fercar

Si alguien decidiera crear una lista de crímenes idiotas, un secuestro exprés en una isla solo figuraría después de un atraco a una comisaría o a un banco de semen, de ahí que constituya sin duda la fechoría más absurda del mundo. Y eso es precisamente lo que deciden llevar a cabo Lola, el Marqués, el Flipao y el Salvaje en un plan infalible que además es muy sencillo de ejecutar, al menos sobre el papel.

Pero Gran Canaria es una isla rodeada de agua por todas partes menos por una, que se llama Isidro Padrón, un hampón disfrazado de empresario que a su vez despacha con un ruso que no tiene nombre, y si lo tiene nadie lo dice, por lo que pueda pasar. Desbaratar el plan de cuatro malhechores de pacotilla entra dentro de lo factible. Para él es cosa fácil, aunque también en teoría.

Lo que todos ignoran es que en apenas veinticuatro horas ninguno de ellos será como es ahora porque habrán abierto la puerta del infierno.

 

No recuerdo cómo ni por qué, pero lo que si recuerdo es que la primera novela de Alexis Ravelo que cayó en mis manos fue La estrategia del pekinés, cuando todavía no se había alzado con el premio Hammett y antes también de que este blog hubiese visto la luz.

También recuerdo que estaba editada por la editorial Alrevés y que era una edición de reducido tamaño, cuyas hojas parecían más apropiadas para liar cigarrillos (o algo similar) que para juntar letras. Y por supuesto, lo que no he podido olvidar es que me encantó, que me pareció una novela magnífica, se mire como se mire; que me duró apenas un par de asaltos (por aquella época andaba un poco lento de reflejos) y que no he dejado de recomendarla desde entonces, ocupando además, desde ese día, un lugar preferente en mi pequeña colección de indispensables.

Después vinieron La última tumba, premio Getafe negro, y Los tipos duros no leen poesía, tercera entrega de las andanzas de Eladio Monroe, andanzas de las que creo va a salir en breve (espero no haberlo soñado) una nueva entrega, la quinta si no me equivoco; y que confirmaron que Ravelo sabe de qué va esto y que siempre es buena idea no perderlo de vista.

Las flores no sangran me ha recordado una barbaridad a La estrategia del pekinés, y lo ha hecho por la historia (un grupo de perdedores a los que tal vez los sueños les vengan grandes), por la ambientación (que logra que casi reconozcas los parajes que en ella se describen aunque no hayas pisado la isla en la vida), por el lenguaje (Ravelo maneja de maravilla el lenguaje de la calle, mezclándolo con las dosis justas de humor y presentando diálogos rápidos y veraces)… y, sobre todo, por un puñado de personajes de esos que se te cuelan hasta dentro y de los que ya no te puedes separar.

Ahora ya no están el Rubio, Tito Marichal, el Turco, el Gordo o Cora (uno de los personajes más extraordinarios con los que he tenido el placer de cruzarme hasta la fecha), pero no hay de que preocuparse porque su lugar lo han ocupado Lola, el Salvaje, Felo, el Marqués, Isidro Padrón, Diana o el zurdo…  y aunque si La estrategia del pekinés fue un flechazo y el primer amor siempre es especial y su lugar es difícil de llenar, esta es una novela de las que se disfrutan de verdad.

Las flores no sangran es por tanto una novela coral, una novela de personajes cuidados con esmero y que se van dibujando perfectamente ante nuestros ojos, dando la sensación de que son reales, de que te podrías cruzar con ellos cualquier día al doblar una esquina (aún viviendo a bastante distancia de Gran Canaria) y en la que la historia también respira veracidad, rabia, violencia (como muestra decir que un capítulo lleva por título Ensalada de hostias) y humanismo, huyendo además de cualquier maniqueísmo como de la peste.

Es una novela que en algunos momentos recuerda a los clásicos del hard boiled, pero con un estilo propio. Una novela en la que no te puedes relajar, porque nunca sabes lo que va a suceder en el próximo capítulo. Una novela que te llevará, unas veces agarrándote de la mano suavemente y otras a empujones si hace falta, a pasear entre empresarios corruptos, ladrones de poca monta, vividores del tres al cuarto, policías, matones a sueldo, habitantes de los bajos fondos y asiduos de los ambientes más sofisticados. Y una novela que te emocionará, que en algunos momentos te hará reír y en otros llorar, que a ratos te angustiará y a ratos te agradará, pero que en ningún caso te dejará indiferente.

Por último decir que si has tenido el placer de leer a Ravelo, probablemente sabrás que todo lo dicho es verdad… y si no lo has hecho y me permites el consejo, ya estás tardando.


Alexis Ravelo (1971) es un escritor calvo que nació y sobrevive a régimen de cervezas y bocadillos de chopped en Las Palmas de Gran Canaria. De procedencia humilde, su primera novela, Tres funerales para Eladio Monroy, supuso un inesperado éxito que le ha llevado a escribir otros tres libros con el mismo personaje: Solo los muertos, Los tipos duros no leen poesía y Morir despacio. Ha perpetrado, además, otras dos novelas de semen y sangre: La noche de piedra y Los días de mercurio. Tres libros de relatos (Segundas personas, Ceremonias de interior y Algunos textículos) y media docena de libros infantiles completan hasta ahora su bibliografía, si exceptuamos volúmenes colectivos y antologías, como Relato español actual, de Fondo de Cultura Económica, y Por favor, sea breve 2, de Páginas de Espuma.

En el 2013 ganó el XVII Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe con La última tumba.

Con su anterior novela, La estrategia del pequinés, obtuvo el Premio Dashiell Hammett 2014 a la mejor novela negra publicada en español, y otros galardones como el Premio Novelpol (ex aequo con Don de lenguas, de Rosa Ribas y Sabine Hofmann), el Premio Tormo 2014 y el Premio LeeMisterio 2013 al Mejor Personaje Femenino.

Imparte talleres de escritura en centros educativos, bibliotecas y prisiones, diseña y coordina actividades de animación a la lectura y colabora semanalmente en programas radiofónicos.

Ocupa un lugar relevante en la narrativa española actual y se ha destacado, de su estilo, su eficiencia narrativa y su habilidad para combinar la amenidad y la reflexión en argumentos de claro compromiso ético.

Sigue sospechando que Dios está de vacaciones.

EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS  (Alberto Rodríguez)
Por Fercar
hombre-mil-carasDirección:      Alberto Rodríguez
Reparto:          Eduard Fernández, José coronado, Carlos Santos, Marta Etura, Emilio gutierrez Caba, Luís Callejo, Pedro Casablanc
Año:                     2016.
Duración:         123 minutos.
Género:             Thriller/Espionaje/Biográfico.
Guión:                 Alberto Rodríguez, Rafael Cobos (Adaptación novela: Manuel Cerdán).
Fotografía:       Álex Catalán.
Música:              Julio de la Rosa.

Francisco Paesa (Eduard Fernández), ex agente secreto del gobierno español, responsable de la operación contra ETA más importante de la historia, se ve envuelto en un caso de extorsión en plena crisis de los GAL y tiene que huir del país. Cuando regresa al cabo de los años está arruinado y su vida personal atraviesa su peor momento. En estas circunstancias, recibe la visita de Luis Roldán (Carlos Santos), ex Director General de la Guardia Civil, y de su mujer Nieves Fernández Puerto (Marta Etura), quienes le ofrecen un millón de dólares por ayudarles a salvar 1.500 millones de pesetas sustraídos al erario público y para brindarle una oportunidad idónea de mejorar su situación económica, vengándose del gobierno español, en una magistral operación digna del mejor espía ayudado de su inseparable amigo Jesús Camoes (José Coronado).

 

El hombre de las mil caras es la nueva cinta de Alberto Rodríguez, después del que probablemente sea, hasta la fecha, su mejor trabajo: La isla mínima, película merecedora de nada menos que diez premios Goya y que consiguió aunar un notable éxito, tanto de crítica como de público.

En este nuevo filme abandona las marismas andaluzas, los ríos, las plantas, el calor del sur y la luminosidad de los paisajes abiertos y los cambia por los interiores marmóreos, claustrofóbicos y fríos. Por los ambientes recubiertos de humo, propios, por otro lado, de las películas de espías.

Pero lo que no varía es que sigue demostrando que no es casualidad que sea dueño de una más que estimable filmografía; que controla el oficio, que posee recursos de sobra, recursos que además sabe cómo colocar, y que por eso su cámara es una de las más respetables del cine actual.

El hombre de las mil caras es la adaptación cinematográfica del libro Paesa, el espía de las mil caras (libro que ha sido reeditado coincidiendo con el estreno del filme), de Manuel Cerdán: un trabajo intenso, complejo y difícil (y no precisamente por la dificultad de encontrar casos de corrupción en este país) sino por la exhaustividad con la que se trata el asunto en cuestión.

No se puede negar que sí que hay por parte de Alberto y su colaborador habitual, Rafael Cobos, una cierta intención de reflejar la corrupción del sistema político español como algo endémico, pero haciéndolo de refilón, sin llegar a verse salpicados. Y tal vez sea eso lo que más se le puede achacar al filme: no adentrarse demasiado, no querer meterse de lleno en las cloacas.

A lo mejor es porque Alberto y sus colaboradores no estaban provistos del consabido traje de baño, o porque el agua estaba fría, pero lo cierto es que han evitado (no sé si habrán cogido peces) mojarse el culo; logrando pasar de puntillas y evitando de paso dejar caer algún que otro nombre que era de esperar (y creo que necesario),y justificando tal decisión alegando que su película es «una ficción basada en hechos reales».

Cada uno es libre de hacer lo que quiera, faltaría más, pero esto convierte a la cinta en una buena película de género, pero absolutamente deficiente como crónica histórica (algo que seguramente carecería de relevancia en el cine de Hollywood, donde no se ponen rojos ni situando los San Fermines en Sevilla), lo que hará que aquí más de uno le reste valor.

A pesar de lo comentado, no se puede negar que nos encontramos ante un proyecto ambicioso, importante, rodado en lugares tales como Madrid, París, Ginebra o Singapur. Y ante una cinta que, pese a las dos horas de duración, mantiene un pulso firme y un ritmo más que aceptable, que apenas flaquea en algunos momentos; algo bastante habitual en este tipo de trabajos llenos de idas y venidas, de agentes dobles, de transferencias bancarias, de trampantojos por doquier, de mentirosos, de trileros… flaqueo del que, además, se recupera ágilmente.

Tampoco podemos olvidar que para este tipo de películas el reparto es algo esencial, y en este aspecto la elección de Eduard Fernández para dar vida al espía Paesa se antoja clave y no podía haber resultado más acertada, porque Eduard completa un extraordinario trabajo: metiéndose en la piel de un impostor, un personaje frío y calculador, un buscavidas, un superviviente que analiza cada movimiento que da como si de una partida de ajedrez se tratase, siempre tras el humo de su sempiterno cigarrillo y con la cara de póquer puesta a todas horas.

En esta línea, Carlos Santos (Goya al actor revelación), no solo no defraude sino que supone una grata sorpresa (más grata que sorpresa, a tenor de trabajos anteriores) embutido en la piel de Luís Roldán y presentándonos con maestría (la caracterización, la forma de hablar, de moverse…) a un perdedor con aires de grandeza y haciendo suyos algunos de los mejores momentos de la película.

José coronado cumple, sin alardes pero con eficacia, como el piloto Jesús Camoes, inspirado en la figura del piloto Jesús Guimerá, quien supuestamente colaboró con el espía durante más de 30 años.

Emilio Gutiérrez Caba pasa un poco de puntillas, mientras Marta Etura hace lo de siempre, vistiendo la cara de siempre.

En definitiva, un thriller político que cumple y que posee un estilo propio, que presenta un vestuario cuidado, una excelente banda sonora (obra de Julio de la Rosa) y una esmerada dirección artística y alguna magnífica interpretación… que mantiene la intriga y juega eficazmente con la tensión, pero que adolece de algo de concisión, siendo el contexto histórico el que resulta más perjudicado, dejando suspendidas en el aire varias preguntas que quedan sin resolver (ficción histórica) y con un rumbo, por momentos, algo más turbio de la cuenta.

 

 

 

MAD DOGS, PUBLIC MORALS  Y TRAPPED, TRES SERIES NEGRO CRIMINALES PARA DISFRUTAR
Por Guille

Es bien sabido que ahora mismo las series de televisión ofrecen alicientes y perspectivas que el cine, por desgracia, ha ido perdiendo después de más de un siglo de existencia. Es obvio, también, que siendo la invención de la televisión posterior a la del octavo arte su capacidad de retroalimentarse y ofrecer nuevas propuestas parece aún lejos de agotarse, a tenor del auge de plataformas como, Amazon, Neftlix o HBO y de la multitud de canales que colocan como punta de lanza de sus propuestas a las mismas. Las series televisivas están de moda y hoy día cualquier espectador que no haya visto u oído hablar de Juego de Tronos, Breaking Bad, Mad Men, Los Soprano o The Wire es considerado poco menos que un extraterrestre. Hoy déjenme que les acerque tres propuestas muy distintas entre sí pero con un hilo conductor en común. O mejor dicho dos. El primero es la calidad de las mismas. El segundo, como no podía ser menos en un blog negro criminal, el crimen como esencia. No son propuestas actuales, pero sí bastante recientes porque como digo, la cantidad de series que proliferan cada temporada es ingente. Hablaré de los capítulos piloto puesto que aún estoy inmerso en el visionado de dos de ellas y no quiero destripar más allá de lo necesario.

Mad Dogs (2016) cuenta la historia de cuatro amigos que, convocados por un quinto, un inversor inmobiliario retirado, se reúnen en Belice para pasar unos días distendidos y pegarse la juerga padre. ¿Les suena la premisa? Parece obvio que podría inferirse alguna similitud con el Resacón en Las Vegas de Todd Phillips pero ubicado en las playas del Caribe. Hasta ahí. Y digo hasta ahí porque una vez que los cuatro amigos se reúnen con su anfitrión, las rencillas, los reproches y los secretos que todos ellos ocultan irán saliendo a la luz hasta convertir este primer episodio en una auténtica pesadilla. Como dice uno de los protagonistas: “Jamás hemos sido amigos y ni siquiera nos molestamos en disimularlo. Solo nos conocemos desde hace muchos años”. Como “buenos amigos”, los días pasan entre copas, mujeres y juergas hasta que lo que podría ser una tarde estupenda pescando a bordo de un yate de lujo se tuerce cuando averiguan que el yate de su amigo es robado. Pero no a cualquier persona, sino a un criminal muy peligroso, que lo reclamará contundentemente en un final de episodio que te deja pegado a la butaca y con ganas de devorar el siguiente capítulo de un tirón. El reparto es de lujo, con actores como Ben Chaplin, Billy Zane e incluso María Botto en un papel policial. Ah, he citado playas, bikinis, yates, etc., pero si alguien espera encontrar algo al estilo Crimen en el paraíso que se desengañe. Mad Dogs va en serio, esto es, directa a la yugular. Toda una delicatessen televisiva.

Public Morals (2015) está escrita y dirigida por Edward Burns, un actor que combina la faceta de actor y director como Ben Affleck pero, si saben a qué me refiero, sabiendo actuar. Producida por Steven Spielberg, viene avalada por unas críticas muy favorables y lo cierto es que cuando uno comienza su visionado se da cuenta enseguida que está ante algo, si no distinto, sí poco habitual en televisión. La serie se traslada hasta 1967, donde los policías de una conocida División de la ciudad de Nueva York se encuentran en una lucha entre la moralidad y el lado más oscuro de las tentaciones que derivan de todo tipo de vicios. La serie sigue a Terry Muldoon (Edward Burns), un policía consciente de la delgada línea que separa el decoro y la honestidad de la corrupción. Su objetivo será guiar a sus subordinados hacía el bien y combatir el oscuro mundo de la delincuencia y el vicio. El piloto es de manual: grandes interpretaciones, escenas raudas y perfectamente ejecutadas y una trama que promete más de lo que aparentemente se ve en la superficie. Una serie Iceberg, donde lo que subyace en las profundidades, tanto desde un punto de vista profesional como emocional, es muchísimo más rico y seductor que lo que muestran las imágenes. Como no podía ser menos, un reparto estelar con el propio Burns, Timothy Hutton o Michael Rapaport (qué bueno es el jodido). Ah, al igual que en el caso de Mad Dogs, y sin querer hacer spoiler, el riesgo de perder a un protagonista en el primer episodio se asume con una naturalidad que para sí quisieran las series españolas tan aficionadas a mantener pese a quien pese al elenco protagonista y a estirar las tramas y enrevesarlas jugando tontamente con la inteligencia del espectador.

Por último, Trapped (2015), o Atrapados en su traducción española, una serie islandesa, que no todo va a venir de EE.UU. Dirigida por Baltasar Kormákur, director de películas como 2 Guns y Contraband, la serie nos acerca una trama tan claustrofóbica como atrayente. Un ferry con trescientos pasajeros procedente de Dinamarca atraca en el puerto de un pequeño pueblo islandés cuando arrecia en la zona una fuerte tormenta de nieve. El barco no puede abandonar el puerto hasta que pase la tormenta y las principales carreteras están intransitables. Un cuerpo mutilado y sin identificar aparece en el agua, asesinado hace tan sólo unas horas. El jefe de la policía local, Andri Olafssun, cuya vida privada se está desmoronando, se percata de que el asesino ha desembarcado en su pueblo. Mientras los rumores se propagan, la tranquilidad se convierte en caos y tanto los pasajeros del ferry como los habitantes del pueblo entienden que todos son posibles sospechosos y que hay un asesino atrapado entre ellos. Una serie con retazos que retrotraen a filmes como Fargo por su atmósfera nívea y esa especie de cotidianeidad en el trabajo policial de una pequeña aldea y a las novelas de Henning Mankel y de toda esa pléyade de escritores y escritoras suecos o islandeses, entre ellos Arnaldur Indridason. Él mismo indicaba en una entrevista que es muy complicado y poco verosímil narrar las vicisitudes de un asesino en serie en un país como Islandia donde la tasa de homicidios es ridícula. Pero en el caso de Trapped, ese hándicap queda perfectamente resuelto y el espectador que se acerque a su capítulo piloto quedará más que satisfecho.

En suma, tres series que además de enganchar por sus tramas y sus protagonistas demuestran un universo propio que no defraudará a los amantes del género negro televiso. A disfrutar tocan.

 

422-muerte-en-central-park42,2 MUERTE EN CENTRAL PARK (Javier Sánchez Beaskoetxea)
Por Guille

David va a correr el maratón de Nueva York pero el alcalde suspende la carrera por el huracán Sandy, así que decide matarlo en un acto de justicia (¿o de venganza?). Solo Peter, un policía, se da cuenta de que David es el asesino de modo que lo persigue en una huida a lo largo de los EE.UU. en la que David deberá hacer justicia en más ocasiones. Al año siguiente logra regresar para correr al fin la carrera y, mientras describe kilómetro a kilómetro del maratón sus sentimientos, irá rememorando con fue esa fuga hacia la libertad a la vez que se prepara para lo que le espera al cruzar la meta soñada de Central Park.

Esta es a grandes rasgos la sinopsis de la que, entiendo, debe ser la primera novela de Javier Sánchez-Beaskoetxea, un autor que se define como escritor y maratoniano. Con esas dos pasiones en juego, 42,2 Muerte en Central Park se plantea como una especie de simbiosis: de un lado podría hablarse de un especie de road movie policiaca y de otro, de un compendio de recuerdos, vivencias y sensaciones de David, el protagonista, a lo largo de los más de 42 kilómetros del maratón. Seguramente, en el imaginario de muchos lectores, habrá algunos títulos de novelas o películas con referencia (en muchos casos coyuntural) al tema del atletismo o el maratón como Carros de fuego, Marathon Man, La soledad del corredor de fondo o De qué hablo cuando hablo de correr del japonés Haruki Murakami. Recuerdo haber leído algunas novelas con el trasfondo de una road movie:  por supuesto En el camino de Jack Kerouac , La carretera de Cormac McCarthy,  y más recientemente, Travesía americana del escritor cordobés Manuel Moyano.

Desconozco todo sobre maratones o carreras pero admiro ese espíritu de competitividad, sacrificio y autosuperación que representa el deporte. Correr parece estar de moda, al contrario de lo que ocurre con la literatura, que año tras año va siendo más defenestrada por la sociedad. Siendo así, cuando terminé de leer 42,2 Muerte en Central Park, enseguida me di cuenta de que resulta mejor libro deportivo que novela literaria en el sentido estricto del término. Es indudable que contiene elementos o marcas que llaman al interés y al optimismo: un arranque raudo y sugerente propio del thriller con un punto de partida original (no se mata a un alcalde de Nueva York todos los días), capítulos breves y muy expositivos con diálogos ágiles y situaciones que, a pesar del grado de inverosimilitud que podrían destilar, son bastante reconocibles. Ahora bien, creo que la primacía de las reflexiones de David sobre la carrera lastran el peso de la trama policiaca, en mi opinión, demasiado maniquea una vez que Peter, el policía que lo persigue, conoce que él es el asesino del alcalde y lo chantajea para que cometa otros crímenes y así saciar su sed de justicia (o venganza porque la frontera entre ambos términos es siempre muy frágil). Podría decirse que estamos ante dos novelas en una. Dos novelas muy distintas en las que, como es mi caso, me he centrado más en ver las virtudes y defectos de la trama ficticia que en las impresiones atléticas de David, pero que imagino, habrá sucedido en sentido opuesto en el caso de muchos runners ávidos de experiencias y sensaciones y no tanto de los aspectos puramente narrativos de la novela. En mi opinión, esa disparidad a la que antes hacía referencia entorpece el ritmo de la novela y, sobre todo, la implicación personal o empatía del lector con los protagonistas. Por supuesto, toda novela supone un riesgo asumido. Con uno mismo y con los lectores. Entiendo que Javier lo asumió cuando concibió el argumento de esta novela y que sabía de la complejidad de mezclar o alternar, como bien señala Gerardo Elorriaga de EL CORREO, no solo géneros o subgéneros sino también escenarios físicos y temporales. Es inevitable pensar que, si la expectación de David (y por ende del lector) se acrecienta a medida que este se acerca a la meta, también debería el lector sentir que el cerco de Peter sobre él se cierra, pero no es así. Tanto él como David son hombres de palabra, han pactado su trato de cadáveres a cambio de silencio y así se mantendrán hasta el final. Quizá ese hecho, la falta de algún giro en la parte final o algún imprevisto que aumente la tensión, merme las expectativas de algo que, en palabras del propio autor, se califica como «la novela policiaca del maratón de Nueva York».

Considero que 42.2 Muerte en Central Park es un buen reclamo para runners y deportistas en general pero una obra literaria cuya trama policíaca podía haber dado de más. Ahora bien, si en sucesivas novelas, como espero que ocurra con el caso de  El polizón del buque fantasma, Javier Sánchez-Beaskoetxea es capaz de potenciar los elementos de ficción, los giros narrativos y la profundidad de los personajes por encima de elementos autobiográficos habrá superado muchos obstáculos y ganado muchos adeptos. Estilo, soltura y dedicación no le faltan.


Javier Sánchez-Beaskoetxea (Bilbao, 1963) es Licenciado en Náutica y en Periodismo y Doctor en Periodismo. Actualmente trabaja como profesor en la Universidad del País Vasco. Como escritor es autor de varias guías de montaña, un libro de relatos de un viaje en bicicleta (Solo a través de los Pirineos), varios cuentos (uno de ellos segundo clasificado del Certamen literario on-line), de la novela negra “42,2 Muerte en Central Park” publicada por SB&Ebooks, de la novela marítima de misterio “El polizón del buque fantasma” y de una novela breve también de tema marítimo, “Y, sin embargo”, finalista del Premio Nostromo en Barcelona en 2002 y publicada en 2012 por NUWSL.

CIEN AÑOS DE PERDÓN  (Daniel Calparsoro)
Por Fercar
cien-anos-perdonDirección:      Daniel Calparsoro
Reparto:          Rodrigo De la Serna, Luis Tosar, Raúl Arévalo, Patricia Vico, José Coronado, Joaquín Furriel, Marian Álvarez, Luciano Cáceres, Luis Callejo, Joaquín Climent
Año:                     2016.
Duración:         97 minutos.
Género:             Thriller/ Cine negro/Atracos.
Guión:                 Jorge Guerricaechevarría.
Fotografía:       Josu Inchaustegui.
Música:              Julio de la Rosa.

 

En una mañana lluviosa, una sucursal bancaria es atracada por seis hombres que ocultan sus rostros detrás de una máscara, que van fuertemente armados y que son, en apariencia (aunque a veces las apariencias engañen), muy peligrosos.

Lo que debía haber sido un trabajo fácil, un coser y cantar, se complica sobremanera por culpa de las siempre impredecibles y en este caso inoportunas condiciones atmosféricas, lo que provoca, entre otras cosas, el enfrentamiento entre el Uruguayo y el Gallego, los dos aparentes líderes de la banda.

cien-anos-de-perdon-1Cien años de perdón tiene muchas similitudes con la anterior película que reseñé en el blog, El desconocido. Ambas forman parte de ese conjunto de películas que se están realizando últimamente: con eficacia, rigor y seriedad, y que aúnan calidad, variedad y entretenimiento, demostrando de paso que el género negro patrio pasa por un buen momento. Películas que, incluso a riesgo de parecer pesado, no me canso de nombrar (La caja 507, La noche de los girasoles, El niño, La celda 211, Grupo 7, La isla mínima, No habrá paz para los malvados, Sicarius: la noche y el silencio, Que dios nos perdone, Tarde para la ira, El hombre de las mil caras, etc).

Ambas comparten además la autoría de la fotografía , Josu Inchaustegui  (Operación E, A cambio de nada), y uno de los actores principales (Luís Tosar), y en ambos casos la puesta en escena, con un papel relevante para la acción y para los efectos especiales , es más propia del cine hollywoodiense que del habitual por estos lares.

También en este caso el escenario es una ciudad española (si en El desconocido era A Coruña, ahora le toca el turno a Valencia), ciudades que, aunque esto es posible que cambie más pronto que tarde, no acostumbramos a ver como escenarios de películas de este tipo.

Al igual que sucedía en El desconocido, tampoco en este caso la trama nos presenta nada nuevo: películas de atracos a bancos las hay a patadas, tantas que en un hipotético concurso al modo del extinto Un, dos, tres uno podría llevarse un buen pellizco enumerándolas. Como pequeño matiz resaltar que en esta cinta la mayor relevancia la ocupa, no la forma de cometer el atraco, sino la manera de huir. Como muestra un botón, en cuanto comenzaron los primeros giros argumentales, se me vino a la cabeza Plan oculto (2006), de Spike Lee.

cien-anos2En lo referente al aspecto social, si en El desconocido este hacía su aparición en escena bien avanzado el metraje, y lo hacía sin hacer suido, de forma sutil; en el caso de la cinta que nos ocupa lo hace desde el minuto uno, e irrumpe en escena como un elefante en una cacharrería: enseguida comprobamos que los empleados de la entidad bancaria están más preocupados por la existencia de una lista, más temible que la de Harry el sucio y que puede dar con sus huesos en la cola del INEM, que por cualquier otra cuestión. Que la crisis golpea con fuerza, que no hay líquido para las empresas en apuros, que las hipotecas se ejecutan sin ningún pudor, y que lo que sí hay es una total ausencia de ética.

«Señores, señoras, disculpen las molestias pero esto es un atraco. Y no me refiero a lo que se realiza cotidianamente en estas oficinas, por si alguno me entendió mal».

La cinta nos presenta la idea de que al final el atracador en realidad no es el malo (al menos no el único malo) de la película, en una sociedad donde abundan los políticos corruptos (la existencia de una caja de seguridad con datos comprometedores), banqueros corruptos, policías corruptos movidos únicamente por el interés propio («…alguien receptivo, que esté dispuesto a comerse el marrón…»), e incluso ciudadanos de a pie que si pueden, no dudan en apropiarse de lo ajeno, aplicando la filosofía de que quien roba a un ladrón…y es precisamente esa idea la que pueda hacer tambalearse un poco al conjunto en un primer momento, dando la sensación de que en este aspecto se han cargado demasiado las tintas y que en realidad no será para tanto. Luego uno recuerda dónde está, el último (o el penúltimo o el antepenúltimo, o el ante antepenúltimo) informativo que ha oído en la radio o visto en la caja tonta y la cosa encaja como una ficha del Tetris bien colocada (no en vano la corrupción es, según el CIS, la segunda mayor preocupación ciudadana solo precedida por, no sé si no se habrán equivocado, el paro).

ICULT película CIEN AÑOS DE PERDON

El guión, firmado por Jorge Guerricaechevarría (Cien años de perdón, El niño, La celda 211, Los crímenes de Oxford, La comunidad, El día de la bestia…) es sobrio y equilibrado, sin altibajos. Una trama que avanza siempre con paso firme, apoyándose de vez en cuando en algún que otro giro argumental que ayuda a mantener el interés y la tensión, así como en las interpretaciones, aspecto este crucial si se quiere que todo el tinglado no se venga abajo.

De Tosar se puede decir que está como siempre, y con eso ya está todo dicho. Rodrigo de la Serna es la gran sorpresa (nominado al Goya al mejor actor revelación), por lo menos para mí, dándole el contrapunto al primero en todo momento y con una actuación espléndida e inquietante, que si bien a algunos les pueda parecer algo histriónica y sobreactuada, a mí me ha encantado.

Tampoco desmerecen otros secundarios entre los que destaca Joaquín furriel, que lo borda en el papel de un argentino tontorrón y alocado que aporta a la película buenas dosis de humor.

Los demás, hacen lo que tienen que hacer y lo hacen sin excesivos alardes, pero sin desmerecer tampoco el papel de sus compañeros, que no es poco. La presencia en la cinta de Luciano Cáceres se agradece, Patricia vico está creíble en el papel de la directora de la sucursal, y Raúl Arévalo, José Coronado y Luís Callejo pasan desapercibidos, cumpliendo con su cometido.

En definitiva, Calparsoro (demostrando su personalidad y oficio) nos presenta un film entretenido, con ritmo, con un guión solvente, muy bien contado e interpretado (actores competentes y una buena química entre el dúo protagonista), que nos relata una historia compacta, que no se diluye y que sabe arroparse con las dosis justas de tensión y con un buen pellizco de humor, en mi opinión siempre tan de agradecer, y completándose el conjunto con un acabado técnico que pone de manifiesto que su director sabe lo que se hace.