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La vida te matará (Rafa Calatayud)
Por Fercar

A ver si nos entendemos: pongamos por un lado a dos profesionales con un bate de béisbol, a un tipo con cara de funcionario, a una chica clavada a Brigitte Bardot, un autobús lleno hasta arriba de alcohol, a Caperucita Roja, a unos pobres parkinglleros, al Joe Pesci valenciano, el bar más infecto de España, a la Jessi bailando al ritmo de los sesenta y a un ruso tan sádico que no lo quieren ni en Rusia.

Añadamos a todo esto a un perro callejero recién salido de la cárcel, a un viejo alcohólico tuerto aficionado a los toros, a dos camareros frikis y violentos, a tres skaters vírgenes adolescentes, a Vlad y sus chicos, a una marquesa binguera, a un gato venido del infierno, unos diamantes que dan un buen dividendo y una difícil elección: ¿dedo o grapadora?

Ah, y por supuesto, esos malditos conejos.

Y ya verá cómo en menos de veinticuatro horas, del amanecer a la madrugada y de la tarde a la noche, todos ellos (y muchos más) se cruzarán y chocarán hacia delante y hacia atrás en la ciudad de Valencia, guiados por la avaricia, el deseo y la estupidez con destino a su incierto final…

Y es que, como dice la canción, la vida te encontrará donde quiera que estés.

Lo que no dice es que, encima, te matará.

 

A nada que uno agudice los sentidos, abriendo los ojos y desperezando los oídos, y tire de perspicacia, es fácil encontrar una cuantas buenas razones para acercarse a una novela como La vida te matará.

La primera es el título: ni muy corto ni muy largo, pero con gancho. Un título, en definitiva, sonoro, efectivo y sugerente.

La segunda, y en mi opinión a tener muy en cuenta, es que está editada por Alrevés, que como ya hemos comentado en más de una ocasión (aún a riesgo de parecer pesados) está conformando una muy interesante colección de novela negra, conjugando narradores experimentados con otros más noveles y contando ya en sus filas con autores nada desdeñables como Julián Ibáñez, Alexis Ravelo, Rafa Melero, Luís Gutiérrez Maluenda, Gonzalo Garrido, Susana Hernández, Carlos Bassas o María Clara Rueda entre otros.

La tercera razón, porque es una novela cortita, de apenas 180 páginas (ya se sabe, lo bueno si breve…) y eso te permite enfrentarte a una historia que se puede finiquitar en unos pocos asaltos y disfrutar, llegado el caso, casi del tirón.

Y la cuarta, la sinopsis, que como puede comprobarse es bastante singular y no se asemeja a las que nos tienen acostumbrados (al menos por lo que me dice la memoria) las editoriales. Una pequeña síntesis que además de no dejar indiferente a nadie, resulta tremendamente efectiva y consigue que le entren ganas a uno de zambullirse en la novela hasta el fondo sin pensárselo dos veces.

Yo lo hice porque me la regalaron.

La vida te matará cuenta con una estructura narrativa algo diferente: mientras que unos capítulos avanzan hacia delante, otros lo hacen en sentido inverso, de tal manera que el primer capítulo es el uno (vaya novedad), pero luego le sigue el catorce, el dos, el trece… y después viene el tres, el doce, el cuatro… y a este le sigue el once… y así sucesivamente; algo que si bien resulta novedoso, no dificulta en absoluto (lo contrario tampoco, para qué vamos a engañarnos) su lectura.

No estamos ante una novela de personajes, porque los que aquí aparecen no pretenden que los acompañemos a conocer sus vidas, sus sueños, sus miserias, sus anhelos, y no pretenden que disfrutemos con sus éxitos y nos angustiemos con sus fracasos. Nada de eso, aquí nadie nos va a enseñar a hacer pasteles, ni a jugar al mus, ni a no perecer en el intento de montar un mueble de Ikea.

Tampoco es una novela de quién lo hizo y por qué. En La vida te matará no vamos a acompañar a un curtido detective en sus pesquisas por los tugurios más peligrosos de la ciudad. Ni a una inspectora cuarentona, algo resabiada y miope pero experta en criminología y técnicas forenses. Ni tampoco a una periodista metomentodo que no duda en enfrentarse a sus superiores y a todo el que se le ponga delante con tal de desentrañar un misterio. No señor, no vamos a encontrarnos eso, ni nada que se le parezca.

Y conviene recordar que tampoco es una novela que pretenda hacer crítica social o presentarnos una historia apegada a la realidad: no al menos a esa realidad cotidiana con la que nos despertamos la mayoría de los mortales, para volvernos a acostar en sus compañía unas cuantas horas más tarde.

Lo que sí es La vida te matará es una novela gamberra y violenta, muy violenta: tal y como se refleja en la sinopsis arranca con un par de tipos, con no demasiadas buenas pulgas, acariciando con un bate de béisbol (todos conocemos los beneficios del deporte) a un pobre infeliz con cara de funcionario.

Es una novela de los fondos que se encuentran debajo de los bajos fondos. Una novela poblada por un elenco de personajes escapados de alguna institución para frikis con trastornos mentales, en la mayoría de los casos apenas bosquejados, pero que aún así consiguen tocarnos alguna fibra.

Una novela que no duda en tirar de estereotipos y abrazarse sin pudor a algún que otro cliché. Una novela salvaje y muy visual: parece que algunas escenas hayan contado con la colaboración inestimable de Tarantino y Robert Rodríguez después de haber sufrido ambos una exhaustiva inspección de hacienda. Y una novela de diálogos corrosivos y de un humor gamberro y disparatado.

Para gustos los colores, y si bien es verdad que esta no es una novela para todo el mundo, no me cabe ninguna duda de que seguro que tiene su público.

Así que si te apetece dejarte llevar por una despedida de soltero llena de alcohol, de putas y sin ninguna contención, al modo de Resacón en las Vegas. O pasearte en compañía de unos mafiosos rusos, grandes como castillos, pero con menos cerebro que una piedra. Y si tienes ganas de alternar, como quién no quiere la cosa, con los parroquianos de una taberna en la que no entraría ni Harry el Sucio y conocer de paso a un lindo gatito que hará que cambie para siempre el significado de la palabra mascota, entonces, esta es tu novela.

O tal vez no. ¿Quién sabe?


Rafael Calatayud Cano (Caracas, 1969) vive en Valencia desde los siete años y estudió Filología Hispánica. Es guionista de cine y televisión y ha trabajado en películas como En fuera de juego o The Other Shoe y en series de ficción como Singles o En l’aire.

En el 2003 ganó el Premio Ala Delta de Literatura Infantil con el libro En el mar de la imaginación (Editorial Edelvives), ilustrado por Roger Olmos.

La vida te matará es su primera novela negra.

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Las flores no sangran (Alexis Ravelo)
Por Fercar

Si alguien decidiera crear una lista de crímenes idiotas, un secuestro exprés en una isla solo figuraría después de un atraco a una comisaría o a un banco de semen, de ahí que constituya sin duda la fechoría más absurda del mundo. Y eso es precisamente lo que deciden llevar a cabo Lola, el Marqués, el Flipao y el Salvaje en un plan infalible que además es muy sencillo de ejecutar, al menos sobre el papel.

Pero Gran Canaria es una isla rodeada de agua por todas partes menos por una, que se llama Isidro Padrón, un hampón disfrazado de empresario que a su vez despacha con un ruso que no tiene nombre, y si lo tiene nadie lo dice, por lo que pueda pasar. Desbaratar el plan de cuatro malhechores de pacotilla entra dentro de lo factible. Para él es cosa fácil, aunque también en teoría.

Lo que todos ignoran es que en apenas veinticuatro horas ninguno de ellos será como es ahora porque habrán abierto la puerta del infierno.

 

No recuerdo cómo ni por qué, pero lo que si recuerdo es que la primera novela de Alexis Ravelo que cayó en mis manos fue La estrategia del pekinés, cuando todavía no se había alzado con el premio Hammett y antes también de que este blog hubiese visto la luz.

También recuerdo que estaba editada por la editorial Alrevés y que era una edición de reducido tamaño, cuyas hojas parecían más apropiadas para liar cigarrillos (o algo similar) que para juntar letras. Y por supuesto, lo que no he podido olvidar es que me encantó, que me pareció una novela magnífica, se mire como se mire; que me duró apenas un par de asaltos (por aquella época andaba un poco lento de reflejos) y que no he dejado de recomendarla desde entonces, ocupando además, desde ese día, un lugar preferente en mi pequeña colección de indispensables.

Después vinieron La última tumba, premio Getafe negro, y Los tipos duros no leen poesía, tercera entrega de las andanzas de Eladio Monroe, andanzas de las que creo va a salir en breve (espero no haberlo soñado) una nueva entrega, la quinta si no me equivoco; y que confirmaron que Ravelo sabe de qué va esto y que siempre es buena idea no perderlo de vista.

Las flores no sangran me ha recordado una barbaridad a La estrategia del pekinés, y lo ha hecho por la historia (un grupo de perdedores a los que tal vez los sueños les vengan grandes), por la ambientación (que logra que casi reconozcas los parajes que en ella se describen aunque no hayas pisado la isla en la vida), por el lenguaje (Ravelo maneja de maravilla el lenguaje de la calle, mezclándolo con las dosis justas de humor y presentando diálogos rápidos y veraces)… y, sobre todo, por un puñado de personajes de esos que se te cuelan hasta dentro y de los que ya no te puedes separar.

Ahora ya no están el Rubio, Tito Marichal, el Turco, el Gordo o Cora (uno de los personajes más extraordinarios con los que he tenido el placer de cruzarme hasta la fecha), pero no hay de que preocuparse porque su lugar lo han ocupado Lola, el Salvaje, Felo, el Marqués, Isidro Padrón, Diana o el zurdo…  y aunque si La estrategia del pekinés fue un flechazo y el primer amor siempre es especial y su lugar es difícil de llenar, esta es una novela de las que se disfrutan de verdad.

Las flores no sangran es por tanto una novela coral, una novela de personajes cuidados con esmero y que se van dibujando perfectamente ante nuestros ojos, dando la sensación de que son reales, de que te podrías cruzar con ellos cualquier día al doblar una esquina (aún viviendo a bastante distancia de Gran Canaria) y en la que la historia también respira veracidad, rabia, violencia (como muestra decir que un capítulo lleva por título Ensalada de hostias) y humanismo, huyendo además de cualquier maniqueísmo como de la peste.

Es una novela que en algunos momentos recuerda a los clásicos del hard boiled, pero con un estilo propio. Una novela en la que no te puedes relajar, porque nunca sabes lo que va a suceder en el próximo capítulo. Una novela que te llevará, unas veces agarrándote de la mano suavemente y otras a empujones si hace falta, a pasear entre empresarios corruptos, ladrones de poca monta, vividores del tres al cuarto, policías, matones a sueldo, habitantes de los bajos fondos y asiduos de los ambientes más sofisticados. Y una novela que te emocionará, que en algunos momentos te hará reír y en otros llorar, que a ratos te angustiará y a ratos te agradará, pero que en ningún caso te dejará indiferente.

Por último decir que si has tenido el placer de leer a Ravelo, probablemente sabrás que todo lo dicho es verdad… y si no lo has hecho y me permites el consejo, ya estás tardando.


Alexis Ravelo (1971) es un escritor calvo que nació y sobrevive a régimen de cervezas y bocadillos de chopped en Las Palmas de Gran Canaria. De procedencia humilde, su primera novela, Tres funerales para Eladio Monroy, supuso un inesperado éxito que le ha llevado a escribir otros tres libros con el mismo personaje: Solo los muertos, Los tipos duros no leen poesía y Morir despacio. Ha perpetrado, además, otras dos novelas de semen y sangre: La noche de piedra y Los días de mercurio. Tres libros de relatos (Segundas personas, Ceremonias de interior y Algunos textículos) y media docena de libros infantiles completan hasta ahora su bibliografía, si exceptuamos volúmenes colectivos y antologías, como Relato español actual, de Fondo de Cultura Económica, y Por favor, sea breve 2, de Páginas de Espuma.

En el 2013 ganó el XVII Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe con La última tumba.

Con su anterior novela, La estrategia del pequinés, obtuvo el Premio Dashiell Hammett 2014 a la mejor novela negra publicada en español, y otros galardones como el Premio Novelpol (ex aequo con Don de lenguas, de Rosa Ribas y Sabine Hofmann), el Premio Tormo 2014 y el Premio LeeMisterio 2013 al Mejor Personaje Femenino.

Imparte talleres de escritura en centros educativos, bibliotecas y prisiones, diseña y coordina actividades de animación a la lectura y colabora semanalmente en programas radiofónicos.

Ocupa un lugar relevante en la narrativa española actual y se ha destacado, de su estilo, su eficiencia narrativa y su habilidad para combinar la amenidad y la reflexión en argumentos de claro compromiso ético.

Sigue sospechando que Dios está de vacaciones.

EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS  (Alberto Rodríguez)
Por Fercar
hombre-mil-carasDirección:      Alberto Rodríguez
Reparto:          Eduard Fernández, José coronado, Carlos Santos, Marta Etura, Emilio gutierrez Caba, Luís Callejo, Pedro Casablanc
Año:                     2016.
Duración:         123 minutos.
Género:             Thriller/Espionaje/Biográfico.
Guión:                 Alberto Rodríguez, Rafael Cobos (Adaptación novela: Manuel Cerdán).
Fotografía:       Álex Catalán.
Música:              Julio de la Rosa.

Francisco Paesa (Eduard Fernández), ex agente secreto del gobierno español, responsable de la operación contra ETA más importante de la historia, se ve envuelto en un caso de extorsión en plena crisis de los GAL y tiene que huir del país. Cuando regresa al cabo de los años está arruinado y su vida personal atraviesa su peor momento. En estas circunstancias, recibe la visita de Luis Roldán (Carlos Santos), ex Director General de la Guardia Civil, y de su mujer Nieves Fernández Puerto (Marta Etura), quienes le ofrecen un millón de dólares por ayudarles a salvar 1.500 millones de pesetas sustraídos al erario público y para brindarle una oportunidad idónea de mejorar su situación económica, vengándose del gobierno español, en una magistral operación digna del mejor espía ayudado de su inseparable amigo Jesús Camoes (José Coronado).

 

El hombre de las mil caras es la nueva cinta de Alberto Rodríguez, después del que probablemente sea, hasta la fecha, su mejor trabajo: La isla mínima, película merecedora de nada menos que diez premios Goya y que consiguió aunar un notable éxito, tanto de crítica como de público.

En este nuevo filme abandona las marismas andaluzas, los ríos, las plantas, el calor del sur y la luminosidad de los paisajes abiertos y los cambia por los interiores marmóreos, claustrofóbicos y fríos. Por los ambientes recubiertos de humo, propios, por otro lado, de las películas de espías.

Pero lo que no varía es que sigue demostrando que no es casualidad que sea dueño de una más que estimable filmografía; que controla el oficio, que posee recursos de sobra, recursos que además sabe cómo colocar, y que por eso su cámara es una de las más respetables del cine actual.

El hombre de las mil caras es la adaptación cinematográfica del libro Paesa, el espía de las mil caras (libro que ha sido reeditado coincidiendo con el estreno del filme), de Manuel Cerdán: un trabajo intenso, complejo y difícil (y no precisamente por la dificultad de encontrar casos de corrupción en este país) sino por la exhaustividad con la que se trata el asunto en cuestión.

No se puede negar que sí que hay por parte de Alberto y su colaborador habitual, Rafael Cobos, una cierta intención de reflejar la corrupción del sistema político español como algo endémico, pero haciéndolo de refilón, sin llegar a verse salpicados. Y tal vez sea eso lo que más se le puede achacar al filme: no adentrarse demasiado, no querer meterse de lleno en las cloacas.

A lo mejor es porque Alberto y sus colaboradores no estaban provistos del consabido traje de baño, o porque el agua estaba fría, pero lo cierto es que han evitado (no sé si habrán cogido peces) mojarse el culo; logrando pasar de puntillas y evitando de paso dejar caer algún que otro nombre que era de esperar (y creo que necesario),y justificando tal decisión alegando que su película es «una ficción basada en hechos reales».

Cada uno es libre de hacer lo que quiera, faltaría más, pero esto convierte a la cinta en una buena película de género, pero absolutamente deficiente como crónica histórica (algo que seguramente carecería de relevancia en el cine de Hollywood, donde no se ponen rojos ni situando los San Fermines en Sevilla), lo que hará que aquí más de uno le reste valor.

A pesar de lo comentado, no se puede negar que nos encontramos ante un proyecto ambicioso, importante, rodado en lugares tales como Madrid, París, Ginebra o Singapur. Y ante una cinta que, pese a las dos horas de duración, mantiene un pulso firme y un ritmo más que aceptable, que apenas flaquea en algunos momentos; algo bastante habitual en este tipo de trabajos llenos de idas y venidas, de agentes dobles, de transferencias bancarias, de trampantojos por doquier, de mentirosos, de trileros… flaqueo del que, además, se recupera ágilmente.

Tampoco podemos olvidar que para este tipo de películas el reparto es algo esencial, y en este aspecto la elección de Eduard Fernández para dar vida al espía Paesa se antoja clave y no podía haber resultado más acertada, porque Eduard completa un extraordinario trabajo: metiéndose en la piel de un impostor, un personaje frío y calculador, un buscavidas, un superviviente que analiza cada movimiento que da como si de una partida de ajedrez se tratase, siempre tras el humo de su sempiterno cigarrillo y con la cara de póquer puesta a todas horas.

En esta línea, Carlos Santos (Goya al actor revelación), no solo no defraude sino que supone una grata sorpresa (más grata que sorpresa, a tenor de trabajos anteriores) embutido en la piel de Luís Roldán y presentándonos con maestría (la caracterización, la forma de hablar, de moverse…) a un perdedor con aires de grandeza y haciendo suyos algunos de los mejores momentos de la película.

José coronado cumple, sin alardes pero con eficacia, como el piloto Jesús Camoes, inspirado en la figura del piloto Jesús Guimerá, quien supuestamente colaboró con el espía durante más de 30 años.

Emilio Gutiérrez Caba pasa un poco de puntillas, mientras Marta Etura hace lo de siempre, vistiendo la cara de siempre.

En definitiva, un thriller político que cumple y que posee un estilo propio, que presenta un vestuario cuidado, una excelente banda sonora (obra de Julio de la Rosa) y una esmerada dirección artística y alguna magnífica interpretación… que mantiene la intriga y juega eficazmente con la tensión, pero que adolece de algo de concisión, siendo el contexto histórico el que resulta más perjudicado, dejando suspendidas en el aire varias preguntas que quedan sin resolver (ficción histórica) y con un rumbo, por momentos, algo más turbio de la cuenta.

 

 

 

MAD DOGS, PUBLIC MORALS  Y TRAPPED, TRES SERIES NEGRO CRIMINALES PARA DISFRUTAR
Por Guille

Es bien sabido que ahora mismo las series de televisión ofrecen alicientes y perspectivas que el cine, por desgracia, ha ido perdiendo después de más de un siglo de existencia. Es obvio, también, que siendo la invención de la televisión posterior a la del octavo arte su capacidad de retroalimentarse y ofrecer nuevas propuestas parece aún lejos de agotarse, a tenor del auge de plataformas como, Amazon, Neftlix o HBO y de la multitud de canales que colocan como punta de lanza de sus propuestas a las mismas. Las series televisivas están de moda y hoy día cualquier espectador que no haya visto u oído hablar de Juego de Tronos, Breaking Bad, Mad Men, Los Soprano o The Wire es considerado poco menos que un extraterrestre. Hoy déjenme que les acerque tres propuestas muy distintas entre sí pero con un hilo conductor en común. O mejor dicho dos. El primero es la calidad de las mismas. El segundo, como no podía ser menos en un blog negro criminal, el crimen como esencia. No son propuestas actuales, pero sí bastante recientes porque como digo, la cantidad de series que proliferan cada temporada es ingente. Hablaré de los capítulos piloto puesto que aún estoy inmerso en el visionado de dos de ellas y no quiero destripar más allá de lo necesario.

Mad Dogs (2016) cuenta la historia de cuatro amigos que, convocados por un quinto, un inversor inmobiliario retirado, se reúnen en Belice para pasar unos días distendidos y pegarse la juerga padre. ¿Les suena la premisa? Parece obvio que podría inferirse alguna similitud con el Resacón en Las Vegas de Todd Phillips pero ubicado en las playas del Caribe. Hasta ahí. Y digo hasta ahí porque una vez que los cuatro amigos se reúnen con su anfitrión, las rencillas, los reproches y los secretos que todos ellos ocultan irán saliendo a la luz hasta convertir este primer episodio en una auténtica pesadilla. Como dice uno de los protagonistas: “Jamás hemos sido amigos y ni siquiera nos molestamos en disimularlo. Solo nos conocemos desde hace muchos años”. Como “buenos amigos”, los días pasan entre copas, mujeres y juergas hasta que lo que podría ser una tarde estupenda pescando a bordo de un yate de lujo se tuerce cuando averiguan que el yate de su amigo es robado. Pero no a cualquier persona, sino a un criminal muy peligroso, que lo reclamará contundentemente en un final de episodio que te deja pegado a la butaca y con ganas de devorar el siguiente capítulo de un tirón. El reparto es de lujo, con actores como Ben Chaplin, Billy Zane e incluso María Botto en un papel policial. Ah, he citado playas, bikinis, yates, etc., pero si alguien espera encontrar algo al estilo Crimen en el paraíso que se desengañe. Mad Dogs va en serio, esto es, directa a la yugular. Toda una delicatessen televisiva.

Public Morals (2015) está escrita y dirigida por Edward Burns, un actor que combina la faceta de actor y director como Ben Affleck pero, si saben a qué me refiero, sabiendo actuar. Producida por Steven Spielberg, viene avalada por unas críticas muy favorables y lo cierto es que cuando uno comienza su visionado se da cuenta enseguida que está ante algo, si no distinto, sí poco habitual en televisión. La serie se traslada hasta 1967, donde los policías de una conocida División de la ciudad de Nueva York se encuentran en una lucha entre la moralidad y el lado más oscuro de las tentaciones que derivan de todo tipo de vicios. La serie sigue a Terry Muldoon (Edward Burns), un policía consciente de la delgada línea que separa el decoro y la honestidad de la corrupción. Su objetivo será guiar a sus subordinados hacía el bien y combatir el oscuro mundo de la delincuencia y el vicio. El piloto es de manual: grandes interpretaciones, escenas raudas y perfectamente ejecutadas y una trama que promete más de lo que aparentemente se ve en la superficie. Una serie Iceberg, donde lo que subyace en las profundidades, tanto desde un punto de vista profesional como emocional, es muchísimo más rico y seductor que lo que muestran las imágenes. Como no podía ser menos, un reparto estelar con el propio Burns, Timothy Hutton o Michael Rapaport (qué bueno es el jodido). Ah, al igual que en el caso de Mad Dogs, y sin querer hacer spoiler, el riesgo de perder a un protagonista en el primer episodio se asume con una naturalidad que para sí quisieran las series españolas tan aficionadas a mantener pese a quien pese al elenco protagonista y a estirar las tramas y enrevesarlas jugando tontamente con la inteligencia del espectador.

Por último, Trapped (2015), o Atrapados en su traducción española, una serie islandesa, que no todo va a venir de EE.UU. Dirigida por Baltasar Kormákur, director de películas como 2 Guns y Contraband, la serie nos acerca una trama tan claustrofóbica como atrayente. Un ferry con trescientos pasajeros procedente de Dinamarca atraca en el puerto de un pequeño pueblo islandés cuando arrecia en la zona una fuerte tormenta de nieve. El barco no puede abandonar el puerto hasta que pase la tormenta y las principales carreteras están intransitables. Un cuerpo mutilado y sin identificar aparece en el agua, asesinado hace tan sólo unas horas. El jefe de la policía local, Andri Olafssun, cuya vida privada se está desmoronando, se percata de que el asesino ha desembarcado en su pueblo. Mientras los rumores se propagan, la tranquilidad se convierte en caos y tanto los pasajeros del ferry como los habitantes del pueblo entienden que todos son posibles sospechosos y que hay un asesino atrapado entre ellos. Una serie con retazos que retrotraen a filmes como Fargo por su atmósfera nívea y esa especie de cotidianeidad en el trabajo policial de una pequeña aldea y a las novelas de Henning Mankel y de toda esa pléyade de escritores y escritoras suecos o islandeses, entre ellos Arnaldur Indridason. Él mismo indicaba en una entrevista que es muy complicado y poco verosímil narrar las vicisitudes de un asesino en serie en un país como Islandia donde la tasa de homicidios es ridícula. Pero en el caso de Trapped, ese hándicap queda perfectamente resuelto y el espectador que se acerque a su capítulo piloto quedará más que satisfecho.

En suma, tres series que además de enganchar por sus tramas y sus protagonistas demuestran un universo propio que no defraudará a los amantes del género negro televiso. A disfrutar tocan.

 

422-muerte-en-central-park42,2 MUERTE EN CENTRAL PARK (Javier Sánchez Beaskoetxea)
Por Guille

David va a correr el maratón de Nueva York pero el alcalde suspende la carrera por el huracán Sandy, así que decide matarlo en un acto de justicia (¿o de venganza?). Solo Peter, un policía, se da cuenta de que David es el asesino de modo que lo persigue en una huida a lo largo de los EE.UU. en la que David deberá hacer justicia en más ocasiones. Al año siguiente logra regresar para correr al fin la carrera y, mientras describe kilómetro a kilómetro del maratón sus sentimientos, irá rememorando con fue esa fuga hacia la libertad a la vez que se prepara para lo que le espera al cruzar la meta soñada de Central Park.

Esta es a grandes rasgos la sinopsis de la que, entiendo, debe ser la primera novela de Javier Sánchez-Beaskoetxea, un autor que se define como escritor y maratoniano. Con esas dos pasiones en juego, 42,2 Muerte en Central Park se plantea como una especie de simbiosis: de un lado podría hablarse de un especie de road movie policiaca y de otro, de un compendio de recuerdos, vivencias y sensaciones de David, el protagonista, a lo largo de los más de 42 kilómetros del maratón. Seguramente, en el imaginario de muchos lectores, habrá algunos títulos de novelas o películas con referencia (en muchos casos coyuntural) al tema del atletismo o el maratón como Carros de fuego, Marathon Man, La soledad del corredor de fondo o De qué hablo cuando hablo de correr del japonés Haruki Murakami. Recuerdo haber leído algunas novelas con el trasfondo de una road movie:  por supuesto En el camino de Jack Kerouac , La carretera de Cormac McCarthy,  y más recientemente, Travesía americana del escritor cordobés Manuel Moyano.

Desconozco todo sobre maratones o carreras pero admiro ese espíritu de competitividad, sacrificio y autosuperación que representa el deporte. Correr parece estar de moda, al contrario de lo que ocurre con la literatura, que año tras año va siendo más defenestrada por la sociedad. Siendo así, cuando terminé de leer 42,2 Muerte en Central Park, enseguida me di cuenta de que resulta mejor libro deportivo que novela literaria en el sentido estricto del término. Es indudable que contiene elementos o marcas que llaman al interés y al optimismo: un arranque raudo y sugerente propio del thriller con un punto de partida original (no se mata a un alcalde de Nueva York todos los días), capítulos breves y muy expositivos con diálogos ágiles y situaciones que, a pesar del grado de inverosimilitud que podrían destilar, son bastante reconocibles. Ahora bien, creo que la primacía de las reflexiones de David sobre la carrera lastran el peso de la trama policiaca, en mi opinión, demasiado maniquea una vez que Peter, el policía que lo persigue, conoce que él es el asesino del alcalde y lo chantajea para que cometa otros crímenes y así saciar su sed de justicia (o venganza porque la frontera entre ambos términos es siempre muy frágil). Podría decirse que estamos ante dos novelas en una. Dos novelas muy distintas en las que, como es mi caso, me he centrado más en ver las virtudes y defectos de la trama ficticia que en las impresiones atléticas de David, pero que imagino, habrá sucedido en sentido opuesto en el caso de muchos runners ávidos de experiencias y sensaciones y no tanto de los aspectos puramente narrativos de la novela. En mi opinión, esa disparidad a la que antes hacía referencia entorpece el ritmo de la novela y, sobre todo, la implicación personal o empatía del lector con los protagonistas. Por supuesto, toda novela supone un riesgo asumido. Con uno mismo y con los lectores. Entiendo que Javier lo asumió cuando concibió el argumento de esta novela y que sabía de la complejidad de mezclar o alternar, como bien señala Gerardo Elorriaga de EL CORREO, no solo géneros o subgéneros sino también escenarios físicos y temporales. Es inevitable pensar que, si la expectación de David (y por ende del lector) se acrecienta a medida que este se acerca a la meta, también debería el lector sentir que el cerco de Peter sobre él se cierra, pero no es así. Tanto él como David son hombres de palabra, han pactado su trato de cadáveres a cambio de silencio y así se mantendrán hasta el final. Quizá ese hecho, la falta de algún giro en la parte final o algún imprevisto que aumente la tensión, merme las expectativas de algo que, en palabras del propio autor, se califica como «la novela policiaca del maratón de Nueva York».

Considero que 42.2 Muerte en Central Park es un buen reclamo para runners y deportistas en general pero una obra literaria cuya trama policíaca podía haber dado de más. Ahora bien, si en sucesivas novelas, como espero que ocurra con el caso de  El polizón del buque fantasma, Javier Sánchez-Beaskoetxea es capaz de potenciar los elementos de ficción, los giros narrativos y la profundidad de los personajes por encima de elementos autobiográficos habrá superado muchos obstáculos y ganado muchos adeptos. Estilo, soltura y dedicación no le faltan.


Javier Sánchez-Beaskoetxea (Bilbao, 1963) es Licenciado en Náutica y en Periodismo y Doctor en Periodismo. Actualmente trabaja como profesor en la Universidad del País Vasco. Como escritor es autor de varias guías de montaña, un libro de relatos de un viaje en bicicleta (Solo a través de los Pirineos), varios cuentos (uno de ellos segundo clasificado del Certamen literario on-line), de la novela negra “42,2 Muerte en Central Park” publicada por SB&Ebooks, de la novela marítima de misterio “El polizón del buque fantasma” y de una novela breve también de tema marítimo, “Y, sin embargo”, finalista del Premio Nostromo en Barcelona en 2002 y publicada en 2012 por NUWSL.

CIEN AÑOS DE PERDÓN  (Daniel Calparsoro)
Por Fercar
cien-anos-perdonDirección:      Daniel Calparsoro
Reparto:          Rodrigo De la Serna, Luis Tosar, Raúl Arévalo, Patricia Vico, José Coronado, Joaquín Furriel, Marian Álvarez, Luciano Cáceres, Luis Callejo, Joaquín Climent
Año:                     2016.
Duración:         97 minutos.
Género:             Thriller/ Cine negro/Atracos.
Guión:                 Jorge Guerricaechevarría.
Fotografía:       Josu Inchaustegui.
Música:              Julio de la Rosa.

 

En una mañana lluviosa, una sucursal bancaria es atracada por seis hombres que ocultan sus rostros detrás de una máscara, que van fuertemente armados y que son, en apariencia (aunque a veces las apariencias engañen), muy peligrosos.

Lo que debía haber sido un trabajo fácil, un coser y cantar, se complica sobremanera por culpa de las siempre impredecibles y en este caso inoportunas condiciones atmosféricas, lo que provoca, entre otras cosas, el enfrentamiento entre el Uruguayo y el Gallego, los dos aparentes líderes de la banda.

cien-anos-de-perdon-1Cien años de perdón tiene muchas similitudes con la anterior película que reseñé en el blog, El desconocido. Ambas forman parte de ese conjunto de películas que se están realizando últimamente: con eficacia, rigor y seriedad, y que aúnan calidad, variedad y entretenimiento, demostrando de paso que el género negro patrio pasa por un buen momento. Películas que, incluso a riesgo de parecer pesado, no me canso de nombrar (La caja 507, La noche de los girasoles, El niño, La celda 211, Grupo 7, La isla mínima, No habrá paz para los malvados, Sicarius: la noche y el silencio, Que dios nos perdone, Tarde para la ira, El hombre de las mil caras, etc).

Ambas comparten además la autoría de la fotografía , Josu Inchaustegui  (Operación E, A cambio de nada), y uno de los actores principales (Luís Tosar), y en ambos casos la puesta en escena, con un papel relevante para la acción y para los efectos especiales , es más propia del cine hollywoodiense que del habitual por estos lares.

También en este caso el escenario es una ciudad española (si en El desconocido era A Coruña, ahora le toca el turno a Valencia), ciudades que, aunque esto es posible que cambie más pronto que tarde, no acostumbramos a ver como escenarios de películas de este tipo.

Al igual que sucedía en El desconocido, tampoco en este caso la trama nos presenta nada nuevo: películas de atracos a bancos las hay a patadas, tantas que en un hipotético concurso al modo del extinto Un, dos, tres uno podría llevarse un buen pellizco enumerándolas. Como pequeño matiz resaltar que en esta cinta la mayor relevancia la ocupa, no la forma de cometer el atraco, sino la manera de huir. Como muestra un botón, en cuanto comenzaron los primeros giros argumentales, se me vino a la cabeza Plan oculto (2006), de Spike Lee.

cien-anos2En lo referente al aspecto social, si en El desconocido este hacía su aparición en escena bien avanzado el metraje, y lo hacía sin hacer suido, de forma sutil; en el caso de la cinta que nos ocupa lo hace desde el minuto uno, e irrumpe en escena como un elefante en una cacharrería: enseguida comprobamos que los empleados de la entidad bancaria están más preocupados por la existencia de una lista, más temible que la de Harry el sucio y que puede dar con sus huesos en la cola del INEM, que por cualquier otra cuestión. Que la crisis golpea con fuerza, que no hay líquido para las empresas en apuros, que las hipotecas se ejecutan sin ningún pudor, y que lo que sí hay es una total ausencia de ética.

«Señores, señoras, disculpen las molestias pero esto es un atraco. Y no me refiero a lo que se realiza cotidianamente en estas oficinas, por si alguno me entendió mal».

La cinta nos presenta la idea de que al final el atracador en realidad no es el malo (al menos no el único malo) de la película, en una sociedad donde abundan los políticos corruptos (la existencia de una caja de seguridad con datos comprometedores), banqueros corruptos, policías corruptos movidos únicamente por el interés propio («…alguien receptivo, que esté dispuesto a comerse el marrón…»), e incluso ciudadanos de a pie que si pueden, no dudan en apropiarse de lo ajeno, aplicando la filosofía de que quien roba a un ladrón…y es precisamente esa idea la que pueda hacer tambalearse un poco al conjunto en un primer momento, dando la sensación de que en este aspecto se han cargado demasiado las tintas y que en realidad no será para tanto. Luego uno recuerda dónde está, el último (o el penúltimo o el antepenúltimo, o el ante antepenúltimo) informativo que ha oído en la radio o visto en la caja tonta y la cosa encaja como una ficha del Tetris bien colocada (no en vano la corrupción es, según el CIS, la segunda mayor preocupación ciudadana solo precedida por, no sé si no se habrán equivocado, el paro).

ICULT película CIEN AÑOS DE PERDON

El guión, firmado por Jorge Guerricaechevarría (Cien años de perdón, El niño, La celda 211, Los crímenes de Oxford, La comunidad, El día de la bestia…) es sobrio y equilibrado, sin altibajos. Una trama que avanza siempre con paso firme, apoyándose de vez en cuando en algún que otro giro argumental que ayuda a mantener el interés y la tensión, así como en las interpretaciones, aspecto este crucial si se quiere que todo el tinglado no se venga abajo.

De Tosar se puede decir que está como siempre, y con eso ya está todo dicho. Rodrigo de la Serna es la gran sorpresa (nominado al Goya al mejor actor revelación), por lo menos para mí, dándole el contrapunto al primero en todo momento y con una actuación espléndida e inquietante, que si bien a algunos les pueda parecer algo histriónica y sobreactuada, a mí me ha encantado.

Tampoco desmerecen otros secundarios entre los que destaca Joaquín furriel, que lo borda en el papel de un argentino tontorrón y alocado que aporta a la película buenas dosis de humor.

Los demás, hacen lo que tienen que hacer y lo hacen sin excesivos alardes, pero sin desmerecer tampoco el papel de sus compañeros, que no es poco. La presencia en la cinta de Luciano Cáceres se agradece, Patricia vico está creíble en el papel de la directora de la sucursal, y Raúl Arévalo, José Coronado y Luís Callejo pasan desapercibidos, cumpliendo con su cometido.

En definitiva, Calparsoro (demostrando su personalidad y oficio) nos presenta un film entretenido, con ritmo, con un guión solvente, muy bien contado e interpretado (actores competentes y una buena química entre el dúo protagonista), que nos relata una historia compacta, que no se diluye y que sabe arroparse con las dosis justas de tensión y con un buen pellizco de humor, en mi opinión siempre tan de agradecer, y completándose el conjunto con un acabado técnico que pone de manifiesto que su director sabe lo que se hace.

SICARIUS: LA NOCHE Y EL SILENCIO  (Javier Muñoz)
Por Guille
sicarivsDirección:      Javier Muñoz
Reparto:          Víctor Clavijo, Pedro Casablanc, Sebastián Haro, Carlos Olalla, Chete Lera, Alejandra Lorente, Mario Pardo, Roger Pera, Fernando Gil, Israel Elejalde, Nahia Laiz, María Cecilia Sánchez, Aníbal Soto
Año:                     2015.
Duración:         94 minutos.
Género:             Thriller/ crimen/Neo-noir.
Guión:                 Javier Muñoz.
Fotografía:       Javier Cerdá.
Música:              Mariano Marín.

 

«Soy la noche que enmarcara tu conciencia, soy el silencio que sale de tus labios…».

 Sicarius, la noche y el silencio  nos presenta a un asesino a sueldo que mata por encargo, limpiamente y sin remordimientos, preguntas ni justificaciones. Hasta que un día recibe el encargo de matar a una mujer embarazada que resulta ser la esposa del cliente que lo ha contratado, un prestigioso abogado. Intrigado por saber la razón de ese encargo, el sicario perdona la vida a la esposa e inicia la investigación desde su círculo más próximo (un colega que es policía corrupto) hasta llegar a las últimas consecuencias.

La trama va llevándonos de un lugar y de un personaje a otro como una especie de whodunit o como un juego de matrioskas. El sicario va visitando escenarios: el piso de la víctima, el del colega policía, un puticlub, un motel, un bar de copas, un ayuntamiento donde se lleva a cabo una partida de póquer clandestina…, y recluta la información necesaria de esas víctimas que caen a su paso bajo el yugo de su arma con silenciador. Una pista lleva a la siguiente hasta llegar al principio creador: ¿por qué el encargo de eliminar a esta mujer embarazada?

sicarius2Quizá lo más acertado de este filme sea el modo de abordar o enfocar su personaje principal. «Vivo entre vosotros porque vosotros me creasteis, me hicisteis quien soy y de vez en cuando me necesitáis. Soy ese vecino encantador que siempre os da los buenos días, soy ese ciudadano solidario que siempre cede el asiento a las ancianas, soy esa persona normal y corriente que se sienta junto a vosotros en la butaca de un cine…», dice el personaje de Clavijo. Un sicario con escasos remordimientos pero que en cierto momento se plantea averiguar quien maneja los hilos que le mueven en ese juego de muerte y destrucción y decide llegar a las últimas consecuencias. Obviamente no estamos ante nada nuevo bajo el sol pero Sicarius contiene cualidades innatas que la hacen bastante apetecible.

En primer lugar está claro que el director Javier Muñoz ha acertado de pleno con la elección del casting. Víctor Clavijo ejecuta con maestría su papel de asesino a sueldo. El complemento de su voz en off realza el discurso narrativo, nos sirve para reforzar el modus operandi y las motivaciones de su personaje. Como bien dice Muñoz: «Si no existiese esa voz en off parecería otra película más de un personaje pegando tiros sin ton ni son», al estilo, añadiría yo, de los peores filmes de Charles Bronson o Jason Stathan. Clavijo lo borda. Un actor al que había visto en algunas cosas pequeñas y con escasa relevancia y que aquí realiza un magnífico trabajo. No me quedaré calvo si afirmo que es el mejor actor de esa generación de actores y actrices que salieron de la serie Al salir de clase, y de los que formaban parte Elsa Pataky,  Mariano Alameda o Sergio Peris-Mencheta. Si en aquellos guiones Clavijo ya ejecutaba hábilmente el papel de adolescente maquiavélico y sin escrúpulos aquí se reivindica como un actor muy dotado para esa clase de roles muy habituales (y necesarios) en el género negro.

Quizá, y solo quizá, me chirría un poco más el personaje de Pedro Casablanc, el mentor del sicario, quien suelta una especie de clase magistral sobre cómo llegar a ser un sicario de futuro. Su director lo justifica como algo que puede verse desde el punto de vista onírico, una especie de déjà vu del protagonista sobre su período de aprendizaje antes de convertirse en el asesino que ahora vemos en pantalla. En mi opinión resulta un elemento redundante pero Muñoz lo conduce de una manera muy inteligente: con la presencia del blanco y negro y con esa atmósfera repleta de humo y esa cámara que no deja de girar en torno a su figura, lo cual minimiza el efecto de malestar ante tanta perorata.

sicarius3Como digo, uno de los aciertos es la elección del casting, en la que al parecer estuvo implicado personalmente el propio director (es lo que tiene ser debutante: tienes que hacer todo y de todo). De Pedro Casablanc no voy a descubrir nada. En mi opinión es un actor como la copa de un pino: curtido en teatro y televisión y con una presencia apabullante sea lo que sea que le pongan delante. A él y a Clavijo los secundan profesionales de renombre como Chete Lera, Sebastián Haro, Carlos Olalla o Mario Pardo en apariciones breves pero contundentes.

Una película que tiene ramalazos de Collateral, de Looper o de Leon, el profesional  pero que también tiene que ver con El Crack de José Luis Garci o con El detective y la muerte de Gonzalo Suárez. Un filme que tiene ese aroma a trabajo serio, eficaz y entretenido que se destila en el cine español a lo largo de los últimos años: La caja 507, Grupo 7, No habrá paz para los malvados, La isla mínima, Cien años de perdón, o sin ir más lejos recientemente, Tarde para la ira de Raúl Arévalo o Que dios nos perdone, de Rodrigo Sorogoyen. Como acertadamente afirma Javier Muñoz, «si con este filón en España se estrenasen al año cinco o seis filmes de género negro o policíaco, el público vería el cine español como algo serio y de calidad».

Sicarius, la noche y el silencio lo es porque es una propuesta arriesgada, un cine en cierto modo a contracorriente pero en nada ajeno al entretenimiento o la comercialidad que parece exigirse hoy día (en mi opinión, más por parte de los productores que de los espectadores). Es un cine con ritmo y con una puesta en escena loables y que sin duda deberían tener un eco mayor en la cultura cinéfila de este país. Quiero pensar que si Sicarius hubiese sido producida en Francia o Suecia, dos países con tradición y respeto al género noir, otro gallo cantaría. Sin duda queda camino por recorrer pero el género negro en el cine español está en auge, con calidad y variedad. Esperemos que siga así.

Te quiero porque me das de comer

TE QUIERO PORQUE ME DAS DE COMER (David Llorente)
Por Fercar

 

La novela negra puede y debe romper algunos moldes: «Necesita dar un salto al vacío, y una extraña pirueta en el aire. El requisito es no tener ni vértigo ni miedo», dice David Llorente.

No podemos estar más de acuerdo. La literatura noir necesita también de autores con propuestas atrevidas, arriesgadas y que miren el género negrocriminal desde nuevos puntos de vista.

¿Qué pasaría si la historia que se cuenta no es una sucesión de hechos consecutivos, sino simultáneos? La simultaneidad no parece patrimonio de la literatura, sino, más bien, de la pintura o del cine, pero si las palabras consiguen contravenir su propia naturaleza y transmitir esa sensación —la de que todo lo que sucede, sucede a la vez–, entonces surge un texto envolvente, casi tridimensional.

Proponemos una lectura donde la brutalidad del asesino en serie se ve rodeada de una multitud de historias criminales que, al mismo tiempo que nacen, el narrador las hace desaparecer. No importa quién sea el criminal ni qué tipo de detective lleve a cabo la investigación. Lo que importa es que el asesino existe.

Max Luminaria era un chico muy callado. Sacó la mejor nota de selectividad de toda España y decidió estudiar Medicina. Una vez más, fue el mejor en los exámenes; el mejor en las prácticas y el mejor en el quirófano. Se lo rifaban todos los hospitales. No hubo cirujano más preciso ni vecino al que más quisieran los habitantes de Carabanchel. Lo saludaban por la calle. Le daban las gracias. Todos tenían a un familiar al que el doctor Maximiliano Luminaria había salvado la vida.

Su vida, fuera del quirófano, era diferente, ¿o a lo mejor no? La realidad es que no podrás, nunca más, sentirte aliviado porque se haya descubierto al asesino, porque, querido lector, los asesinos caminan entre nosotros.

 

No soy de los que se tiran de cabeza a las últimas novedades que inundan los escaparates de las librerías o de los que se decantan preferentemente por aquellos libros con la etiqueta de bestseller, aunque tampoco reniego de ellos si considero que pueden ser interesantes, solo por el mero de hecho de ser superventas o por ser ya el libro de cabecera de un montón de gente. La mayoría de las veces prefiero indagar, bucear un poco a ver qué hay por ahí. Ir probando nuevos sabores, catando nuevos autores…

En el caso del libro que ahora nos ocupa había oído (y leído) tantos comentarios y tan apasionados que me pareció una campaña de marketing en toda regla: Que es el libro más extraño que jamás se ha escrito. Que seguro que nunca había leído, y que tampoco volvería a hacerlo, nada igual. Que es una novela trasgresora de principio a fin. Que estamos ante una joya única e inimitable; ante un libro agitador, rebelde, insumiso, libre. Que se trata de la novela que todos los amantes del género negro deben leer sí o sí. Que después de este libro no sabría qué demonios leer. Que llegar al final es como un orgasmo, un torrente de adrenalina liberado, y que uno se queda, invariablemente, con la sensación de haber leído algo único e irrepetible…

Fue un empacho, una comilona con dos platos principales fuertes seguidos de doble ración de poste. Demasiado para mí, así que decidí mirar para otro lado y pasar de largo. Sin embargo, un par de excelentes reseñas en alguno de esos sitios con cuyos gustos suelo ir de la mano, y el hecho de que viniese avalada por el Memorial Silverio Cañada  y de que además, estuviese editada por la editorial Alrevés, me hizo cambiar de opinión.

Vayamos al grano.

Es cierto que formalmente es un libro extraño, y lo es por varias razones: Porque el final de cada párrafo no está marcado por el consabido punto y aparte (tampoco parecen ser sus páginas territorio del punto y seguido con un uso muy convencional); porque todas las tramas se entremezclan, como ingredientes vertidos al tun tun en una batidora por un aprendiz de cocina chapucero. Porque las normas de la RAE brillan por su ausencia; porque hay un abuso excesivo, casi (y tal vez sin casi) enfermizo, de los paréntesis y de los dos puntos.

«… y se metieron en el coche (debajo de un árbol): se besaron: se medio desnudaron (solo la ropa imprescindible): se tocaron: se chuparon: no llegaron a la penetración porque Max Luminaria no consiguió alcanzar una erección: a partir de ahí (la chica no supo tener la boca callada) empezó la fama de impotente de Max Luminaria. Todo asesino en serie tiene (tiene que tener) una firma: el asesino en serie necesita matar, pero también necesita que se lo conozca por lo que hace: y lo que hace (matar: su forma de matar: de huir: de desconcertar) es arte: quieren ser los Donatello de la violación: los Le Corbusier del destripamiento: los Shakespeare de la estrangulación: los Bach del canibalismo: la firma da valor y autenticidad a sus obras. Leire Hernández Gallego (directora del I. B. Sebastián Oller) le dijo a Juanito, el bedel: en la cuarta planta no hay papel de váter, ¿me puede usted explicar por qué en la cuarta planta no hay papel de váter?, ¿no le parece a usted necesario?, ¿cómo se limpia usted en su casa?, ¿se restriega el culo contra la pared?, ¿eh?, conteste, ¿se restriega usted el culo contra la pared?: no, señora, en mi casa nos limpiamos como todo el mundo. Marcelo Saravia intentó contactar con Greta Santamaría: quería decirle (aunque fuera mentira) que estaba dispuesto a dejar a su mujer: pero Greta Santamaría no respondía al teléfono ni hacía caso de sus mensajes: Marcelo Saravia se la imaginó con ese maldito novio (o lo que fuera) que se había echado (sin duda para olvidarse de él): se la imaginó haciendo el amor: se imaginó a ese hijo de puta cogiéndole las tetas…».

Porque las tramas se fusionan con recetas de cocina, con aclaraciones, con noticias, con entrevistas, con consejos para amas de casa frustradas, con anuncios, con un vademécum psiquiátrico, con comentarios de las más diversa índole…

«… la inflación, a pesar de la recesión, no cede. Felipe González dice haberse enterado del caso Filesa a través de los medios de comunicación. Hay una lámpara encendida en un rincón del salón: del resto de la oscuridad ya se encargan las velas: Marcelo Saravia se sirve una copa de vino (le sirve otra a su mujer): pregunta: ¿celebramos algo, hoy?».

… Todo esto provoca que al principio parezca que va a ser una tarea titánica adaptarse, y que va a ser necesaria una mayor atención y concentración para no perderse, dando la sensación de que el texto nos va a exigir una participación activa como lectores, una implicación, un compromiso, un quid pro quo

Tampoco ayuda que la novela aparezca contada por una tercera persona omnisciente, que lo relata todo de una manera impersonal, metálica, fría. Mezcladas aparecen dos voces: una que narra, y otra que pide cuentas, haciendo preguntas y solicitando aclaraciones.

«La Facultad de Medicina se cerró cuando descubrieron el cadáver del alumno Octavio Real de la Huerta y Rubio-Montoro. ¿Quién lo descubrió? Una de las señoras de la limpieza: empezó a correr y a chillar por toda la sexta planta del edificio: después le dio un ataque agudo de ansiedad y tuvieron que llevarla al hospital más cercano».

Además, para rizar el rizo, lo que se cuenta no es solo una historia, ni dos, ni tres, ni cuatro, ni cinco… Max Luminaria, el personaje central, esta secundado por cientos de personajes cuyas tramas se entremezclan, y nunca sabes cuáles de esos personajes van a resultar al final relevantes, y cuáles no van a llegar, ni de lejos (muchas no pasarán de ser sórdidas microhistorias), a disfrutar de los preceptivos 15 minutos de gloria.

Ante esta perspectiva es posible que muchos ni siquiera lleguen a abrir el libro, y que no pocos lectores decidan abandonar su lectura a las pocas páginas, dejándolo de nuevo en la estantería; o mejor aún, encerrado bajo llave en lo más recóndito de un cajón, y decidan inmediatamente después dedicar su tiempo a trabajos más normales.

Si se me permite un consejo, en realidad creo que no es para tanto, basta con dejarse llevar: el cerebro humano es capaz de rellenar (exceptuando que uno se dedique profesionalmente a la política) los huecos, de encajar las tramas, de poner en orden las ideas…

Además, como nota positiva decir que aquellas personas que sientan un débil arañazo en el estómago cuando se dan de bruces con un LE en lugar de un LA o un LES donde debiera aparecer un LOS (sin duda no es esta una buena época para los correctores profesionales); y una leve patada en la espinilla cuando se encuentran algún gazapo: la omisión de una preposición o de un artículo, un mal uso de las comillas o de los guiones, o cualquier otra errata consecuencia de las prisas y de la necesidad actual de abaratar costos, están de enhorabuena. Aquí, si los hay, carecen totalmente de relevancia y pasan más desapercibidos que Wally en San Mamés.

Para los que no se sientan intimidados por estos primeros obstáculos y decidan continuar adelante, es necesario advertir que los cientos de historias que se nos cuentan narradas de golpe, como un torrente ingente de información, no son ni mucho menos historias actas para todos los estómagos: son historias de violencia extrema, de sexo explícito…, historias duras, salvajes, cruentas. Historias sin paños calientes, que perfilan ante nuestros ojos cientos de personajes… y todos al límite,  historias que beben de la literatura Pulp, que acarician el gore, y que nada tienen que ver con otro tipo de historias, muy populares en la novela negra actual, que inundan las estanterías y lideran las listas de ventas.

«Lo cogió y se lo llevó a casa: le corto las cuatro patas con unas tijeras: después le abrió la tripa y le fue sacando las vísceras».

«En la Facultad de Medicina… Oiga, oiga, un momento. ¿Qué pasa? ¿Es que no me va a decir qué pasó con la colombiana Mauricia? Ah, ¿quiere usted saberlo ahora? Pues sí… Greta Santamaría saltó encima de ella y la tiró sobre el suelo del salón: la arañó y la mordió como una fiera (en sus uñas se quedaron restos de piel y de vez en cuando volvía la cara y escupía trozos de carne colombiana): luego agarró el trofeo de mus (con el pie de mármol) y le estuvo golpeando la cabeza hasta que la cara entera se le ocultó detrás de una cortina de sangre».

« Entonces abrió la bolsa de deporte, sacó el fusil y disparó contra el profesor: le alcanzó en un costado: después le estuvo disparando en el vientre hasta que se quedó sin munición: los niños gritaban: el suelo estaba inundado de sangre».

«… se fue a la pared donde estaba la diana, cogió un dardo y corrió a clavárselo en la espalda al hombre de la tragaperras: se lo clavó (enloquecido y babeante) más de cincuenta veces (en la espalda, en el cuello, en la cara, en un ojo…)».

Por todo lo dicho (escrito) hasta ahora, y por alguna cosa más que muy a mi pesar seguramente se me quede en el tintero, para muchos esta novela siempre será una novela diferente, distinta, una apuesta valiente y arriesgada. Para no pocos, en cambio, no dejará de ser una empanada mental (para gustos están los colores), e incluso para algunos, tal vez solo sea un ejercicio de soberbia, una novela producto de la arrogancia de su autor.

En  lo que a un servidor respecta, Te quiero porque me das de comer es una buena novela, una muy buena novela, pero no por la peculiar forma en que está escrita, sino tal vez, a pesar de ello.

Es una buena novela porque tiene ritmo, a veces endiablado (en la segunda parte disminuyen las interrupciones y la velocidad aumenta). Porque presenta un buen número de interesantes personajes secundando al protagonista absoluto (Greta Santamaría, Marcelo Sarabia, el Inspector Balcells…) y porque el personaje principal, Max Luminaria, es un personaje potente, de esos que dejan huella, que se niegan a abandonarnos perdurando en la memoria por mucho tiempo. Y porque David Llorente tiene (aunque probablemente eso solo lo sepa él) pese al caos aparente, todo perfectamente controlado y estructurado, para que la novela fluya con la precisión de un reloj suizo, cerrando todas y cada una de las puertas que se abren y terminando por dibujar, como quien no quiere la cosa, un círculo completo, un puzle donde todas las piezas encajan.

Porque a pesar de ser una novela dura, cruda, no faltan esos ingredientes tan necesarios en la novela negra: los personajes humanos, la tensión, los golpes de humor (aunque sea negro), los sentimientos a flor de piel, la crítica social…

Y por su final sorprendente, rotundo, que deja temblando y que hace que a David se le perdone que haya sido necesario tragarse algunas recetas, comentarios y noticias que no venían a cuento, antes de  poder llegar (casi inmediatamente precedido de los enésimos dos puntos) al punto final, que da por concluida la novela.

En definitiva no sé si será, como he leído por ahí, una novela necesaria; pero creo que si es una novela que se sale de lo común, que se disfruta y que, por lo tanto, merece la pena ser tenida en cuenta.


David Llorente nace en Madrid en 1973.

En esta ciudad publica las novelas Kira, premio Francisco Umbral de novela corta 1998, y El bufón, premio de narrativa Ramón J. Sender 2000.

En el año 2002 se traslada a vivir a Praga (República Checa), donde escribe las novelas Ofrezco morir en Praga y De la mano del hermano muerto, esta última también traducida al checo.

En esta ciudad crea el grupo de teatro Séptimo miau, cuyas obras escribe y dirige él mismo.

Ha representado por casi todos los países de Europa Central y del Este y ha obtenido diversos premios en varios festivales de teatro internacionales.

Te quiero porque me das de comer, su quinta novela, fue seleccionada por el diario ABC como una de las mejores novelas del año 2014 y obtuvo el premio Memorial Silverio Cañada a la mejor primera novela de género negro en la Semana Negra de Gijón de 2015.

Su última novela, Madrid: frontera ha obtenido el premio Valencia negra 2016 a la mejor novela del año 2016.

Algunas de sus obras han salido publicadas en el libro Los árboles dormidos.

clavos-en-el-corazonClavos en el corazón (Danielle Thiéry)
Por Fercar

Hay casos como este que arruinan la vida. No hay nada que hacer, te acechan, se te quedan dentro, plantados en tu memoria y en tu corazón, como un clavo que un bromista maléfico se divirtiera en toquetear a intervalos regulares. Piensas en él cada día. No tiene nada que ver con las teorías sobre el duelo imposible o con la justicia que se hace a las víctimas, ni con la búsqueda de una verdad que se debería a las familias. Es una mezcla de todo eso, es verdad, pero esa carga la llevas sobre todo en ti. Y es a ti mismo a quien debes algo. Y no sabes por qué.
El comandante Revel jamás renunciará al caso Porte. Han transcurrido diez años pero jamás dejará de buscar al asesino del matrimonio que regentaba el bar Les Furieux y que murió acuchillado una noche de diciembre. El comandante Revel no es de los que renuncia. Además, esa misma noche de diciembre, su mujer, Marieke, desapareció después de sus clases de canto y nadie supo nunca más de ella, ni de su coche, ni de sus partituras, ni de su hermosa figura. Revel, envejecido, enfermo, adicto al tabaco y al trabajo, busca resolver el caso Porte para salvarse a sí mismo y a su hija Léa, anoréxica, encerrada en sí misma, incapaz de superar la desaparición de su madre.

Mientras tanto, el equipo de Revel, con Lazare y Bréton a la cabeza, deben enfrentarse a un nuevo caso de asesinato, el de una estrella del pop en decadencia que ha aparecido asfixiado en su mansión de Versalles.

De algún modo, ambos casos acaban ligados no solo en la mente de Revel sino en la de todo su equipo.

 

Nunca he sabido muy bien por qué (y por lo tanto soy incapaz de explicarlo con palabras) algunos personajes de novela te llegan de verdad, calándote hasta los huesos y logrando que la trama pase de puntillas y sin hacer ruido a un segundo plano, mientras que otros  (algunos protagonistas destacados de novelas de gran éxito tanto de crítica como de ventas) me resultan anodinos, pesados y más aburridos que una comida de hospital. No sé si a los demás también les pasa, o solo se debe a alguna rareza mía o a algún defecto de fábrica, pero intentando agudizar los sentidos para dar con la clave del asunto, me he encontrado con que parece que en la mayoría de los casos los ingredientes que los autores guardan con celo en la despensa y que suelen emplear para dotar de vida a sus personajes son más o menos los mismos: un poco de esto, una pizca de eso otro, unas gotitas de aquello…, pero el resultado, por alguna extraña razón que se me escapa, puede resultar absolutamente diferente.

Mientras que cuando te encuentras cara a cara con uno de los primeros (no digamos si son dos, tres o más) ya sabes que vas a disfrutar de lo lindo, con los segundos solo te queda rezar para que se cumpla la máxima de Chandler y cada pocas páginas aparezca alguien, aunque sea surgido de la nada, empuñando una pistola.

Por eso siempre me felicito (nunca viene mal colgarse alguna que otra medalla) cuando me doy de bruces con alguno de esos personajes que sé que se van a quedar (y por ende la novela por la que campan a sus anchas) impresos en la retina mucho tiempo después de haber leído la última línea de la última página; aunque soy consciente de que no he tenido mucho que ver en ello y de que el mérito no ha sido mío porque, en realidad, he elegido abrir ese libro en lugar de otro por alguna recomendación, por alguna buena reseña leída, por azar o por quién demonios sabe qué otra razón.

Esto es lo que sucede con la novela que nos ocupa, porque Clavos en el corazón (la expresión clavos en el corazón la emplean los policías cuando tienen un caso no resuelto, y ese clavo los atormenta sabiendo que no podrán sacárselo hasta que el caso esté resuelto) es una novela de personajes, porque son ellos (con su evolución, su psicología, sus filias y sus fobias…) los que consiguen que todo funcione con precisión milimétrica.

El comandante Revel tiene que desenvolverse en dos tramas paralelas: una actual, con la muerte de una estrella del rock venida a menos; y otra pasada y no resuelta, que tiene que ver con la muerte en extrañas circunstancias de la pareja propietaria del bar Les Furieux, y con la desaparición, diez años atrás, de su esposa Marieke, y que constituye el clavo en el corazón del comandante Revel, y  lo que lo ha convertido en un adicto al trabajo, en un fumador empedernido y en un tipo amargado, enfermo y bebedor. Pero Revel no está solo, sino que está muy bien secundado por personajes como su amante Marléne, su hija Léa, el capitán Lazare, Abdel Mimouni, la teniente Breton, la más joven del equipo; y Nathan Lepic, el niño autista y un personaje absolutamente genial y que no dejará indiferente a nadie.

Ambas tramas están muy bien perfiladas (aunque reconozco haberme sentido inmediatamente mucho más cautivado por la segunda que por la primera) y llenas de intensidad, realismo y brillantez; con unos personajes absolutamente cautivadores, auténticos, de carne y hueso y muy bien definidos. La propia autora reconoció que solía perfilar sus personajes, sobre todo los policías, inspirándose en rasgos tomados prestados de sus propios compañeros, y que en el caso de Revel lo hizo de «un comandante que murió de cáncer de pulmón y que tenía ese rasgo de no dejar ningún cabo suelto».

Puede que el comienzo les resulte un poco lento a los amantes de las novelas de ritmo trepidante, de idas y venidas, de golpes bajos y puñaladas a traición, pero pasadas unas pocas páginas, y ya de lleno en la historia, esa sensación se diluye, y uno no puede evitar sentirse atrapado en las redes de Revel, Lepic y compañía, porque Thiéry lo narra todo con un estilo directo y un lenguaje sencillo pero cuidado, demostrando que conoce al dedillo el funcionamiento interno del cuerpo de policía y que pese a que podría estar horas y horas disertando sobre ello y dándonos una clase magistral, amputa lo que sobra con precisión de cirujano para plasmar los atestados y los informes con la exactitud y la minuciosidad justa para que tengamos la sensación de que estamos asistiendo a un caso verídico y con personajes de verdad, sin llegar en ningún momento a indigestarnos.

En opinión de los críticos de Le Figaro Littéraire Clavos en el corazón es «Una novela excelente» y no puedo dejar de darles la razón, salvo para decir que tal vez se hayan quedados cortos.


 

Danielle Thiéry (Viévigne en Côte-d’Or, 1947), es una autora consagrada en Francia, conocida por sus novelas de género negro y criminal.
Sabe de lo que escribe. Sus 30 años como policía le han permitido acumular la suficiente información para que sus novelas ofrezcan pinceladas bastante reales de cómo se mueven los agentes judiciales, los juzgados y el oscuro mundo del crimen.
Durante años ha compatibilizado su trabajo de policía con el de escritora,Thiéry lleva ya una veintena de libros escritos. Su tenacidad la llevó a ser la primera mujer comandante de División en Francia. En la actualidad está jubilada y dedica su tiempo a la literatura.
Con Clavos en el corazón, consiguió el Premio Quai des Orfèvres 2013, otorgado por la votación conjunta de policías, jueces y periodistas.
Ha recibido además el Prix Bourgogne 1997 por La petite fille de Marie Gare, y el Prix Polar 1998 y el Prix Charles Exbrayat 1998 por Mises à mort.

 

ciudad negro

LA CIUDAD VESTIDA DE NEGRO (VVAA)
Por Fercar

Esta antología agrupa veinte relatos inéditos o perdidos de los mejores autores de género actuales, desde Lorenzo Silva (Premio Planeta 2012) a Juan Madrid, todos con un entorno común: La Ciudad.

El periodista y escritor David G. Panadero ha sido el responsable de coordinar este nuevo proyecto publicado por Editorial Drakul.

Del prólogo: “Da la impresión de que ha sido una mano invisible la que ha coordinado a nuestros autores, porque, sin duda, en estas páginas hay una instantánea inconfundible de la crisis, que nos muestra su imagen más siniestra”.

Dedicamos esta obra a la memoria del escritor y cineasta Carlos Pérez Merinero, participante en esta antología, que falleció en enero de 2012 antes de verla publicada.

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Siempre he creído que la línea que separa el género del terror, o al menos algunos tipos de terror, del género negro es más bien delgada, difuminándose en infinidad de ocasiones con suma facilidad. No me refiero  a ese terror que tiene como protagonistas principales a vampiros, licántropos, políticos o cualquier otro tipo de monstruo del imaginario individual o colectivo. Tampoco al que se nos presenta lleno de fantasmas y seres del más allá, o al que coquetea con descaro con el mundo de lo fantástico o lo onírico. Ni mucho menos a ese «Horror cósmico» legado de Lovecraft, que tanto desasosiego nos produce en las noches frías y oscuras; sino más bien a ese que tiene como protagonista al ser humano, con sus pulsiones, sus manías, sus miedos, sus filias y sus fobias. En definitiva, a ese terror que tan bien supo representar Robert Bloch en novelas tales como Psicosis o Pirómano.

Por eso una antología que tenía como protagonista a la ciudad, de ahí el sugerente título, y con ella, como no, a sus habitantes habituales: a ese homo homini lupus que decía hobbes, en una especie de «Terror urbano», afloró ante mis ojos como una excelente opción.

La idea me pareció aún mejor cuando comprobé que entre los autores participantes había una buena mezcla entre veteranos consagrados en el noir patrio tales como Juan Madrid, Lorenzo Silva o Andreu Martín (por el que siento especial predilección) y otros autores más nóveles, pero no exentos de calidad. Y que además, dicha mezcla se presentaba aderezada con algunas de las voces actuales más representativas del terror que se está haciendo a este lado del Misisipi: autores como David Jasso, Santiago Eximeno o Javier Quevedo Puchal, a los que ya tenía el placer de conocer por algunos excelentes relatos que por suerte habían caído con anterioridad en mis manos, y por esplendidas antologías como Abismos o Bebés jugando con cuchillos.

Ya imaginaba que en una antología como esta la homogeneidad, probablemente, iba a brillar por su ausencia y que, casi con total seguridad, los trabajos se moverían entre propuestas y estilos muy variados.

Que la heterogeneidad se mueva por estos derroteros no me preocupa en absoluto, pero sí que lo haga en el de la calidad, porque las irregularidades y los desequilibrios pueden propiciar, en muchos casos, una pérdida de interés, dotando a la lectura de una dificultad añadida.

En este sentido, nos encontramos con un grupito de excelentes trabajos, cuya presencia es razón más que de sobra para abalanzarse sobre La ciudad vestida de negro y entregarse a su lectura. Trabajos entre los que cabe destacar Angie hace una amiga de verdad de Anita Haas, todo un descubrimiento; El reto de matar de David Jasso, un cuento lleno de giros argumentales presentados con gran destreza y con un estilo directo y eficaz; En tus brazos de Santiago Eximeno, un relato lleno de suspense; Mire señoría de Manuel Nonínez, una historia escrita a modo de confesión que va ganando paulatinamente en dramatismo y con un final sorprendente; y La lluvia de Rubén Sánchez Trigos, que con su atmósfera y horror difuso nos lleva de la mano ante un final escalofriante.

También hallamos otro grupo de trabajos que, sin llegar al nivel de los anteriores, mantiene de sobra el tipo, y entre los que se encuentran los firmados por Javier Quevedo Puchal, Andreu Martín, Fernando Cámara o Carlos Aguilar entre otros.

Finalmente, y a mucha distancia (demasiada en mi opinión) de los anteriores, nos encontramos con un conjunto de relatos de calidad más que discutible (aquí prefiero decir el pecado pero no el pecador) y cuya presencia no deja de sorprender un poco, y más en un país y en unos géneros (el negro y el terror) donde los buenos cuentistas abundan como las setas después de la lluvia. Trabajos cuya única finalidad parece ser hacer de relleno, ejerciendo el mero rol de acompañantes y que de paso, flaco favor le hacen al género del relato en especial, y a las antologías de varios autores en particular.

Como conclusión decir que, a pesar de lo anteriormente comentado, el balance de La ciudad vestida de negro no deja de ser muy positivo y, por ende, reiterar la opinión de que algunos de los cuentos en ella contenidos no dejan de ser pequeñas perlas cuyo disfrute no debe dejarse pasar de largo a nada que se tercie la más mínima oportunidad.


Autores participantes

Autores ciudad vestida negro

Alejandro M. Gallo: Jefe de policía de Gijón y autor de una decena de novelas. Finalista del Premio Internacional de Novela Negra Umbriel, y XIV Premio Francisco García Pavón de Narrativa Policíaca.
Alfonso Sastre: Veterano dramaturgo y escritor de novelas de terror fantástico. Entre sus obras de este tipo destacan Las noches lúgubres, El lugar del crimen y Necrópolis.
Andreu Martín: Está considerado uno de los maestros de la novela negra española. Premio Hammett, Premio Ateneo de Sevilla, Premio Alandar de Narrativa Juvenil, Premio Brigada 21…
Anita Haas: Escritora de ensayo, ficción y poesía. Autora de tres libros de cine y multitud de relatos.
Carlos Aguilar: Ha publicado cerca de cincuenta libros de cine, sumando autorías individuales, compartidas y colectivas; en España, Italia y Alemania. Cuenta con una decena de premios, dos de ellos logrados en Italia, y el resto en España.
Carlos Pérez Merinero: Publicó doce novelas, la mayoría de género negro. Participó en los guiones de catorce películas. Dirigió el largometraje Rincones del paraíso, la trilogía en vídeo Franco ha muerto y Otro cuento de Navidad.
David Jasso: Periodista en prensa, radio y televisión. Presidente de NOCTE, la asociación española de escritores de terror. Ha ganado el primer premio LITER de Literatura de Terror, y dos veces el Ignotus al mejor relato.
David G. Panadero: Periodista y escritor, crítico de cine y literario, ha publicado cinco obras, la mayoría ensayos de literatura cinematográfica. Edita y coordina la revista Prótesis.
David Roas: Escritor y profesor de Literatura en la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha publicado 5 obras y multitud de ensayos sobre literatura. IV Premio Málaga de Ensayo.
Esteban Gutiérrez: Ha publicado 4 novelas y multitud de relatos en antologías. Imparte talleres de creación literaria de narrativa breve, y es fundador de la revista Al Otro Lado del Espejo.

Fernando Cámara: Guionista de series de televisión y director de dos largometrajes. Profesor de guión y narrativa audiovisual. Su primera novela fue finalista a los premios Ignotus y Nocte.
Francis P. Fernández: Profesor universitario e investigador de larga trayectoria en el ámbito del ensayo científico-técnico. Autor de la novela La versión del Minotauro.
Javier Quevedo Puchal: Ha publicado cuatro obras y varios relatos en antolologías. Ha sido finalista de los premios Shangay (mejor novela), Vórtice, Cryptshow y SciFiWorld.
Juan José Plans: Escritor, periodista, guionista y locutor de radio y de televisión. Dirigió el Festival de Cine de Gijón, y presentó los programas Sobrenatural e Historias de RNE. Una de sus novelas ha sido adaptada dos veces al cine.
Juan Madrid: Periodista y escritor. Ha publicado más de cuarenta libros y se le considera uno de los máximos exponentes de la novela negra española. Su obra ha sido vertida al cine y al teatro, y traducida a dieciséis lenguas. Ejerce con regularidad la docencia en instituciones de España, Francia, Italia, Argentina y Cuba.
Lorenzo Silva: Ha escrito numerosos relatos, artículos y ensayos literarios, así como varias novelas, que le han valido reconocimiento internacional. Ganador del premio Nadal del año 2000 (finalista en 1997), premio Primavera, y premio Planeta 2012.
Manuel Nonídez: Ha publicado nueve novelas. Es ganador del XIII Premio Francisco García Pavón de Narrativa Policíaca, del premio Drakul de novela, y del premio Leer es Vivir.
Pedro de Paz: Ha publicado cuatro obras. Es ganador del I Certamen Internacional de Novela José Saramago, y del Premio Internacional de Novela Luis Berenguer en 2010.
Rubén Sánchez Trigos: Escritor y profesor de cine en la universidad. Guionista de varios cortometrajes, finalista del premio Drakul de novela, y finalista del Premio de relatos Domingo Santos.
Santiago Eximeno: Ha publicado tres obras y multitud de relatos, todos en el género del terror.