Te quiero porque me das de comer (David Llorente)

Publicado: 19 diciembre, 2016 en Reseñas
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Te quiero porque me das de comer

TE QUIERO PORQUE ME DAS DE COMER (David Llorente)
Por Fercar

 

La novela negra puede y debe romper algunos moldes: «Necesita dar un salto al vacío, y una extraña pirueta en el aire. El requisito es no tener ni vértigo ni miedo», dice David Llorente.

No podemos estar más de acuerdo. La literatura noir necesita también de autores con propuestas atrevidas, arriesgadas y que miren el género negrocriminal desde nuevos puntos de vista.

¿Qué pasaría si la historia que se cuenta no es una sucesión de hechos consecutivos, sino simultáneos? La simultaneidad no parece patrimonio de la literatura, sino, más bien, de la pintura o del cine, pero si las palabras consiguen contravenir su propia naturaleza y transmitir esa sensación —la de que todo lo que sucede, sucede a la vez–, entonces surge un texto envolvente, casi tridimensional.

Proponemos una lectura donde la brutalidad del asesino en serie se ve rodeada de una multitud de historias criminales que, al mismo tiempo que nacen, el narrador las hace desaparecer. No importa quién sea el criminal ni qué tipo de detective lleve a cabo la investigación. Lo que importa es que el asesino existe.

Max Luminaria era un chico muy callado. Sacó la mejor nota de selectividad de toda España y decidió estudiar Medicina. Una vez más, fue el mejor en los exámenes; el mejor en las prácticas y el mejor en el quirófano. Se lo rifaban todos los hospitales. No hubo cirujano más preciso ni vecino al que más quisieran los habitantes de Carabanchel. Lo saludaban por la calle. Le daban las gracias. Todos tenían a un familiar al que el doctor Maximiliano Luminaria había salvado la vida.

Su vida, fuera del quirófano, era diferente, ¿o a lo mejor no? La realidad es que no podrás, nunca más, sentirte aliviado porque se haya descubierto al asesino, porque, querido lector, los asesinos caminan entre nosotros.

 

No soy de los que se tiran de cabeza a las últimas novedades que inundan los escaparates de las librerías o de los que se decantan preferentemente por aquellos libros con la etiqueta de bestseller, aunque tampoco reniego de ellos si considero que pueden ser interesantes, solo por el mero de hecho de ser superventas o por ser ya el libro de cabecera de un montón de gente. La mayoría de las veces prefiero indagar, bucear un poco a ver qué hay por ahí. Ir probando nuevos sabores, catando nuevos autores…

En el caso del libro que ahora nos ocupa había oído (y leído) tantos comentarios y tan apasionados que me pareció una campaña de marketing en toda regla: Que es el libro más extraño que jamás se ha escrito. Que seguro que nunca había leído, y que tampoco volvería a hacerlo, nada igual. Que es una novela trasgresora de principio a fin. Que estamos ante una joya única e inimitable; ante un libro agitador, rebelde, insumiso, libre. Que se trata de la novela que todos los amantes del género negro deben leer sí o sí. Que después de este libro no sabría qué demonios leer. Que llegar al final es como un orgasmo, un torrente de adrenalina liberado, y que uno se queda, invariablemente, con la sensación de haber leído algo único e irrepetible…

Fue un empacho, una comilona con dos platos principales fuertes seguidos de doble ración de poste. Demasiado para mí, así que decidí mirar para otro lado y pasar de largo. Sin embargo, un par de excelentes reseñas en alguno de esos sitios con cuyos gustos suelo ir de la mano, y el hecho de que viniese avalada por el Memorial Silverio Cañada  y de que además, estuviese editada por la editorial Alrevés, me hizo cambiar de opinión.

Vayamos al grano.

Es cierto que formalmente es un libro extraño, y lo es por varias razones: Porque el final de cada párrafo no está marcado por el consabido punto y aparte (tampoco parecen ser sus páginas territorio del punto y seguido con un uso muy convencional); porque todas las tramas se entremezclan, como ingredientes vertidos al tun tun en una batidora por un aprendiz de cocina chapucero. Porque las normas de la RAE brillan por su ausencia; porque hay un abuso excesivo, casi (y tal vez sin casi) enfermizo, de los paréntesis y de los dos puntos.

«… y se metieron en el coche (debajo de un árbol): se besaron: se medio desnudaron (solo la ropa imprescindible): se tocaron: se chuparon: no llegaron a la penetración porque Max Luminaria no consiguió alcanzar una erección: a partir de ahí (la chica no supo tener la boca callada) empezó la fama de impotente de Max Luminaria. Todo asesino en serie tiene (tiene que tener) una firma: el asesino en serie necesita matar, pero también necesita que se lo conozca por lo que hace: y lo que hace (matar: su forma de matar: de huir: de desconcertar) es arte: quieren ser los Donatello de la violación: los Le Corbusier del destripamiento: los Shakespeare de la estrangulación: los Bach del canibalismo: la firma da valor y autenticidad a sus obras. Leire Hernández Gallego (directora del I. B. Sebastián Oller) le dijo a Juanito, el bedel: en la cuarta planta no hay papel de váter, ¿me puede usted explicar por qué en la cuarta planta no hay papel de váter?, ¿no le parece a usted necesario?, ¿cómo se limpia usted en su casa?, ¿se restriega el culo contra la pared?, ¿eh?, conteste, ¿se restriega usted el culo contra la pared?: no, señora, en mi casa nos limpiamos como todo el mundo. Marcelo Saravia intentó contactar con Greta Santamaría: quería decirle (aunque fuera mentira) que estaba dispuesto a dejar a su mujer: pero Greta Santamaría no respondía al teléfono ni hacía caso de sus mensajes: Marcelo Saravia se la imaginó con ese maldito novio (o lo que fuera) que se había echado (sin duda para olvidarse de él): se la imaginó haciendo el amor: se imaginó a ese hijo de puta cogiéndole las tetas…».

Porque las tramas se fusionan con recetas de cocina, con aclaraciones, con noticias, con entrevistas, con consejos para amas de casa frustradas, con anuncios, con un vademécum psiquiátrico, con comentarios de las más diversa índole…

«… la inflación, a pesar de la recesión, no cede. Felipe González dice haberse enterado del caso Filesa a través de los medios de comunicación. Hay una lámpara encendida en un rincón del salón: del resto de la oscuridad ya se encargan las velas: Marcelo Saravia se sirve una copa de vino (le sirve otra a su mujer): pregunta: ¿celebramos algo, hoy?».

… Todo esto provoca que al principio parezca que va a ser una tarea titánica adaptarse, y que va a ser necesaria una mayor atención y concentración para no perderse, dando la sensación de que el texto nos va a exigir una participación activa como lectores, una implicación, un compromiso, un quid pro quo

Tampoco ayuda que la novela aparezca contada por una tercera persona omnisciente, que lo relata todo de una manera impersonal, metálica, fría. Mezcladas aparecen dos voces: una que narra, y otra que pide cuentas, haciendo preguntas y solicitando aclaraciones.

«La Facultad de Medicina se cerró cuando descubrieron el cadáver del alumno Octavio Real de la Huerta y Rubio-Montoro. ¿Quién lo descubrió? Una de las señoras de la limpieza: empezó a correr y a chillar por toda la sexta planta del edificio: después le dio un ataque agudo de ansiedad y tuvieron que llevarla al hospital más cercano».

Además, para rizar el rizo, lo que se cuenta no es solo una historia, ni dos, ni tres, ni cuatro, ni cinco… Max Luminaria, el personaje central, esta secundado por cientos de personajes cuyas tramas se entremezclan, y nunca sabes cuáles de esos personajes van a resultar al final relevantes, y cuáles no van a llegar, ni de lejos (muchas no pasarán de ser sórdidas microhistorias), a disfrutar de los preceptivos 15 minutos de gloria.

Ante esta perspectiva es posible que muchos ni siquiera lleguen a abrir el libro, y que no pocos lectores decidan abandonar su lectura a las pocas páginas, dejándolo de nuevo en la estantería; o mejor aún, encerrado bajo llave en lo más recóndito de un cajón, y decidan inmediatamente después dedicar su tiempo a trabajos más normales.

Si se me permite un consejo, en realidad creo que no es para tanto, basta con dejarse llevar: el cerebro humano es capaz de rellenar (exceptuando que uno se dedique profesionalmente a la política) los huecos, de encajar las tramas, de poner en orden las ideas…

Además, como nota positiva decir que aquellas personas que sientan un débil arañazo en el estómago cuando se dan de bruces con un LE en lugar de un LA o un LES donde debiera aparecer un LOS (sin duda no es esta una buena época para los correctores profesionales); y una leve patada en la espinilla cuando se encuentran algún gazapo: la omisión de una preposición o de un artículo, un mal uso de las comillas o de los guiones, o cualquier otra errata consecuencia de las prisas y de la necesidad actual de abaratar costos, están de enhorabuena. Aquí, si los hay, carecen totalmente de relevancia y pasan más desapercibidos que Wally en San Mamés.

Para los que no se sientan intimidados por estos primeros obstáculos y decidan continuar adelante, es necesario advertir que los cientos de historias que se nos cuentan narradas de golpe, como un torrente ingente de información, no son ni mucho menos historias actas para todos los estómagos: son historias de violencia extrema, de sexo explícito…, historias duras, salvajes, cruentas. Historias sin paños calientes, que perfilan ante nuestros ojos cientos de personajes… y todos al límite,  historias que beben de la literatura Pulp, que acarician el gore, y que nada tienen que ver con otro tipo de historias, muy populares en la novela negra actual, que inundan las estanterías y lideran las listas de ventas.

«Lo cogió y se lo llevó a casa: le corto las cuatro patas con unas tijeras: después le abrió la tripa y le fue sacando las vísceras».

«En la Facultad de Medicina… Oiga, oiga, un momento. ¿Qué pasa? ¿Es que no me va a decir qué pasó con la colombiana Mauricia? Ah, ¿quiere usted saberlo ahora? Pues sí… Greta Santamaría saltó encima de ella y la tiró sobre el suelo del salón: la arañó y la mordió como una fiera (en sus uñas se quedaron restos de piel y de vez en cuando volvía la cara y escupía trozos de carne colombiana): luego agarró el trofeo de mus (con el pie de mármol) y le estuvo golpeando la cabeza hasta que la cara entera se le ocultó detrás de una cortina de sangre».

« Entonces abrió la bolsa de deporte, sacó el fusil y disparó contra el profesor: le alcanzó en un costado: después le estuvo disparando en el vientre hasta que se quedó sin munición: los niños gritaban: el suelo estaba inundado de sangre».

«… se fue a la pared donde estaba la diana, cogió un dardo y corrió a clavárselo en la espalda al hombre de la tragaperras: se lo clavó (enloquecido y babeante) más de cincuenta veces (en la espalda, en el cuello, en la cara, en un ojo…)».

Por todo lo dicho (escrito) hasta ahora, y por alguna cosa más que muy a mi pesar seguramente se me quede en el tintero, para muchos esta novela siempre será una novela diferente, distinta, una apuesta valiente y arriesgada. Para no pocos, en cambio, no dejará de ser una empanada mental (para gustos están los colores), e incluso para algunos, tal vez solo sea un ejercicio de soberbia, una novela producto de la arrogancia de su autor.

En  lo que a un servidor respecta, Te quiero porque me das de comer es una buena novela, una muy buena novela, pero no por la peculiar forma en que está escrita, sino tal vez, a pesar de ello.

Es una buena novela porque tiene ritmo, a veces endiablado (en la segunda parte disminuyen las interrupciones y la velocidad aumenta). Porque presenta un buen número de interesantes personajes secundando al protagonista absoluto (Greta Santamaría, Marcelo Sarabia, el Inspector Balcells…) y porque el personaje principal, Max Luminaria, es un personaje potente, de esos que dejan huella, que se niegan a abandonarnos perdurando en la memoria por mucho tiempo. Y porque David Llorente tiene (aunque probablemente eso solo lo sepa él) pese al caos aparente, todo perfectamente controlado y estructurado, para que la novela fluya con la precisión de un reloj suizo, cerrando todas y cada una de las puertas que se abren y terminando por dibujar, como quien no quiere la cosa, un círculo completo, un puzle donde todas las piezas encajan.

Porque a pesar de ser una novela dura, cruda, no faltan esos ingredientes tan necesarios en la novela negra: los personajes humanos, la tensión, los golpes de humor (aunque sea negro), los sentimientos a flor de piel, la crítica social…

Y por su final sorprendente, rotundo, que deja temblando y que hace que a David se le perdone que haya sido necesario tragarse algunas recetas, comentarios y noticias que no venían a cuento, antes de  poder llegar (casi inmediatamente precedido de los enésimos dos puntos) al punto final, que da por concluida la novela.

En definitiva no sé si será, como he leído por ahí, una novela necesaria; pero creo que si es una novela que se sale de lo común, que se disfruta y que, por lo tanto, merece la pena ser tenida en cuenta.


David Llorente nace en Madrid en 1973.

En esta ciudad publica las novelas Kira, premio Francisco Umbral de novela corta 1998, y El bufón, premio de narrativa Ramón J. Sender 2000.

En el año 2002 se traslada a vivir a Praga (República Checa), donde escribe las novelas Ofrezco morir en Praga y De la mano del hermano muerto, esta última también traducida al checo.

En esta ciudad crea el grupo de teatro Séptimo miau, cuyas obras escribe y dirige él mismo.

Ha representado por casi todos los países de Europa Central y del Este y ha obtenido diversos premios en varios festivales de teatro internacionales.

Te quiero porque me das de comer, su quinta novela, fue seleccionada por el diario ABC como una de las mejores novelas del año 2014 y obtuvo el premio Memorial Silverio Cañada a la mejor primera novela de género negro en la Semana Negra de Gijón de 2015.

Su última novela, Madrid: frontera ha obtenido el premio Valencia negra 2016 a la mejor novela del año 2016.

Algunas de sus obras han salido publicadas en el libro Los árboles dormidos.

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comentarios
  1. Novela novedosa. Curiosa de leer.

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